miércoles, 26 de octubre de 2011

La crisis y la cultura en Canarias.

Esta semana los profesionales de la cultura canaria han sido testigos del amenazante recorte presupuestario que ha anunciado el Gobierno autonómico para el próximo año 2012, y que podría llegar a alcanzar un 65% de reducción de la inversión en el sector cultural de las islas. Y la verdad es que, visto así, la noticia no puede ser más desalentadora para un buen porcentaje de canarios (y otros) que nos dedicamos profesionalmente a la producción artística desde cualquiera de sus campos y manifestaciones, y en definitiva para el desarrollo cultural e intelectual de las islas. Las voces de alarma se disparan por todas las redes sociales, inmediatamente se crean consignas y pegatinas, hay a quien se le ocurre la brillante idea de resolver el problema organizando una gran cacerolada todas las mañanas por fuera del parlamento canario; los más ingenuos proponen “hacer cultura sin dinero”, otros hablan de innovación, y los representantes de cada sector artístico (empresarios, por supuesto) se reúnen con los políticos y redactan manifiestos de denuncias y de indignación.

La situación no puede ser más romántica y estupenda: por primera vez en la historia de Canarias todos los profesionales de la cultura están de acuerdo, se entienden, se soportan, y –por increíble que resulte- se defienden. Desde este pasado lunes todos los artistas de las islas somos auténticos compañeros, unidos y organizados férreamente para defender (nótese, por favor, la ironía) la identidad cultural de Canarias, el derecho de los pueblos a la cultura, y un largo etcétera de dignísimos principios que pocas veces he visto en las propuestas y trabajos artísticos de quienes ahora se rasgan las vestiduras. Está de más decir que estos encuentros y este hermanamiento de representantes y de artistas nunca tuvo lugar para denunciar hace ya algunos meses los recortes que se llevaron a cabo en sanidad en la comunidad autónoma canaria, y nunca nosotros, “profesionales de la cultura”, salimos en masa para sumarnos a los movimientos de indignación popular del pasado mayo en todo el territorio español, y qué decir del compromiso de nuestro gran colectivo de artistas –como colectivo, insisto- por la situación de la educación en Canarias y por la pésima actuación de la Consejería de Educación. Mejor ni hablemos de Libia, Afganistán o Palestina. En definitiva: jamás la organización y movilización con la que ahora pretendemos denunciar la situación crítica de nuestra profesión estuvo al servicio de ninguna otra causa social que estuviera en riesgo aún para nosotros mismos, como es la sanidad y la educación, de la que dependemos en buen grado para el exitoso desarrollo de nuestra profesión. Pero ahora nos ha llegado a nosotros, al sector de la cultura, y no queda más remedio que recordar aquellos supuestos versos de Bertold Brecht: Primero vinieron a por los comunistas, / y yo no hablé porque no era comunista. / Después vinieron a por los judíos, y yo no hablé porque no era judío. / Después vinieron a por los católicos, / y yo no hablé porque era protestante. / Ahora vienen a por mí, / pero ya es demasiado tarde.

El problema es mucho mayor de lo que se está comentando en los corrillos y círculos artísticos, y es muy anterior a la crisis y a los inevitables recortes que ésta ha traído consigo. No olvidemos que -bien mirado-, somos un sector privilegiado que hemos visto peligrar nuestros intereses laborales después de varios años de crisis (que empezó en el 2008) y mucho después de que infinitos sectores de profesionales hayan perdido descaradamente sus derechos y sus puestos de trabajo en este tiempo; pongo por caso dos sectores severamente afectados: el de la construcción y el del turismo, entre tantos otros, y que en Canarias ha dejado al descubierto a familias enteras. Así que será cuestión de mostrar un poco de cautela a la hora de denunciar problemas que nunca nos preocuparon cuando pasaban en la casa del vecino.

Pero esto no es todo, porque para más inri, la situación actual del sector cultural en Canarias vendría a ser una más de las tantas contradicciones propias del sistema capitalista en el que vivimos. Intentaré extenderme en este punto para llegar a ciertas conclusiones que puedan abrir caminos de debate (les animo a ello) sobre estos temas que ahora nos afectan, y porque yo también ando estos días reflexionando mucho sobre el tema e intentando encontrar causas y consecuencias de estas decisiones políticas y artísticas que estamos tomando unos y otros. Es necesario recordar en este punto que la mercantilización del arte, la cosificación de la producción cultural, es el resultado de la actitud del sistema capitalista frente al arte mismo, recurriendo a los beneficios económicos que genera, y reflejando por tanto en cada obra el espíritu y la ideología de quienes generan ese arte. Evidentemente, quien tiene la posibilidad de invertir en el arte es la burguesía, por tener consigo el capital necesario para afrontar los gastos de los proyectos culturales que se propone, y de los que sacará rendimiento absoluto, imprimiendo de paso, sus hábitos y sus costumbres, o lo que es lo mismo, su pensamiento de clase. Es decir, que el arte que hemos venido haciendo hasta ahora (lo que llamamos “cultura de Canarias”) no es más que una reproducción de las inquietudes de la burguesía canaria que paga nuestro arte, y por tanto nuestro arte, esta cosa que hemos venido haciendo durante todos estos años y a la cual muchos han entregado neciamente las mejores horas de su vida, no refleja en modo alguno la realidad social, política y económica de la sociedad que sustenta nuestras producciones artísticas y para la que hubiéramos debido trabajar seriamente y con el respeto que merecen. De modo que a medida que nos alejábamos de la sociedad, a medida que nos volvíamos exquisitos especialistas y críticos consagrados que jugábamos a hacer nuestro arte para nadie (porque ‒como ya he sugerido‒ ni siquiera entre nosotros nos apoyábamos), un arte desligado del empleado, de la joven universitaria, del ama de casa, del obrero de la construcción, del frutero del centro comercial, pero muy interesante –eso sí‒ para los señoritos de las grandes ciudades y para los concejales de cultura en las raras ocasiones en las que éstos hacían acto de presencia; a medida que pasaba todo esto, como digo, nos hemos quedado solos en la profesión, y tan solos que la carroña empresarial y las exigencias del mercado acabaron por echar por tierra los pocos lazos de humanidad y de respeto que había entre nosotros. Se formó de esta manera una jerarquía dentro de nuestro sector con muchos privilegios para quienes estuvieran de acuerdo con las líneas ideológicas de la política de turno, con inestimables lazos de amiguismo y lacayismo, y es así cómo unos han venido gobernando sobre otros descaradamente, haciéndose las competencias más sucias, desluciendo el rigor de la cultura, y dando como resultado o bien un arte aburguesado, elitista, intelectualoide y pretensiosamente europeísta (en aras de la más rabiosa modernidad); o bien un arte sensacionalista, de asqueroso entretenimiento, populista hasta la risa e insincero. Faltaría por añadir a todo este atropello el arte bien hecho, la pièce bien faite, que en términos estéticos y espectaculares resultan de lo más aplaudidas, pero que en toda su parafernalia estructural no hay un ápice de interés o de modesta actualidad en lo que muestra y por tanto su repercusión como contenido artístico en la sociedad que lo sustenta no tiene ninguna trascendencia.

En cualquiera de los tres casos, estamos hablando de un arte descomprometido con las clases sociales a las que verdaderamente tuvimos que haber atendido, creando un público que, de haberlo hecho bien, ahora estarían haciendo presión con nosotros en la calle para denunciar esos recortes que nos afectan, porque acabarían asimilando como suyos estos problemas que ahora debemos comernos solos. Pero el sistema nos enseñó a hacer todo lo contrario. Nos alejamos y nos pusimos en contra de quienes eran y son nuestro verdadero apoyo y nuestra verdadera causa. El pensamiento burgués que pretende hacer del arte un movimiento de expresión apolítica ha ganado tanta fuerza que incluso aparece con toda claridad (y sin el menor pudor) en el manifiesto de los artistas canarios que ya ha salido a la luz para denunciar tales recortes en el presupuesto a la cultura para el próximo año. Dicho texto dice explícitamente: «La cultura (…) tiene que ser apoyada […] con independencia de cualquier signo ideológico, político y partidista». He aquí una de las contradicciones más absurdas del manifiesto y que, como principio, juega absolutamente en contra de los intereses que defiende. ¿Cómo es posible que los profesionales de la cultura queramos desligar el componente socio-político de nuestra profesión, toda vez que ésta pretende analizar, profundizar y hacernos más libres como sociedades organizadas? ¿Cómo se traga que un colectivo de artistas que hemos venido practicando un arte exclusivamente burgués (salvo tan contadas excepciones que estadísticamente es insignificante y cuyos representantes de estas excepciones probablemente no han firmado lógicamente ese manifiesto), es decir, tremendamente ideologizado en una conciencia de clase concreta, la buguesa, cometa la insolencia de decir que su concepto de la cultura es apolítico? ¿Es que, acaso, haciendo arte exclusivo para la minoría que puede pagar el costo de la entrada no estamos discriminando el arte y reduciéndolo para lujo de unos pocos y, por tanto, haciendo auténtica política? ¿Y no es absolutamente arte político todo espectáculo que depende de la decisión del concejal de cultura para poder llevarlo a cabo en un municipio, considerando que los privilegios de nuestros políticos los ha alejado de la realidad cotidiana? Y finalmente, ¿a qué solicitar a la clase política «que no instrumentalice políticamente nuestros proyectos de cara a las próximas elecciones de 2011» si hemos sido nosotros mismos con nuestros proyectos quienes hemos politizado al servicio de los ganadores políticos de siempre y durante todos estos años el arte que realizamos?

Todas estas contradicciones vienen a demostrar, en mi opinión, la inestabilidad y las debilidades internas de nuestro colectivo de artistas y sus preocupaciones puramente económicas, de lo que deduzco que es un movimiento encabezado principalmente por capitalistas de la cultura canaria, por los inversores de las artes escénicas y musicales, que arrastran a su vez a todos sus empleados y asalariados, instigándoles a sentirse igual de traicionados por las decisiones políticas y los recortes de las administraciones; todo esto en nombre de la santísima “industria cultural” de Canarias. Esto nos lleva a pensar hasta qué punto debemos apoyar este movimiento de indignación exclusivamente empresarial (al menos al colectivo que se ha encargado de escribir el manifiesto sin publicar, por cierto, los nombres de sus autores), que ni tiene en cuenta los efectos generales del recorte en los circuitos amateurs, ‒si es que acaso consideran que los grupos y entidades aficionadas promueven la cultura en gran medida y en espacios públicos a donde nunca podrán llegar sus producciones artísticas, creando a su vez un buen porcentaje de público del que luego ellos se benefician‒, ni ofrecen otra propuesta más injusta e indigna que la de la meritocracia, a juzgar por los baremos que consideran necesarios para la adjudicación de las subvenciones: «formación, trayectoria y experiencia de los profesionales», es decir, que piden justo lo que una de las comunidades autónomas con mayor retroceso cultural y menor profesionalización artística de todo el estado español no puede ofrecer, y además «la proyección de nuestros artistas», es decir, aquellos que han tenido la posibilidad y la suerte de ser reconocidos fuera del ámbito autonómico.

Por último, tengo la sensación de que en todo este cambalache los que saldremos verdaderamente afectados somos los que ni nos beneficiamos de las subvenciones gubernamentales y autonómicas antes del recorte, ni mucho menos lo vamos a hacer después de él, evidentemente. Así que en mi caso las cosas van a seguir siendo exactamente iguales, si no peor, que es lo que toca. Por suerte no es algo que a estas alturas del cuento me amilane, pero tengo la sensación de que no somos pocos los que estamos siendo víctimas de los intereses de unos cuantos, por encima de la indignación que todos sentimos ante estas drásticas decisiones presupuestarias. Cabría discutir si todos estos factores que venimos analizando hasta aquí serían motivos justificados para explicarnos los recortes que hoy se le presentan al futuro de la cultura canaria, además ‒claro está‒ de la archiconocida incompetencia e ineptitud política y el retroceso social, económico e intelectual que ha sufrido Canarias en su terrible condición colonial de paraíso reducido a sol y playa. Sí, no se equivoquen, estoy insinuando soslayadamente la posibilidad de que todo esto que ahora nos pasa, a lo mejor nos lo merecemos.

En cualquier caso yo espero, de todo corazón, que estas situaciones que ahora vivimos sirvan para tomar conciencia de nuestra verdadera lucha en el arte, para poner al servicio de la sociedad y no contra ella los mecanismos de sensibilización y emancipación de nuestras profesiones artísticas, y para saber distinguir a los verdugos de las víctimas, ahora que todos hemos vuelto ¡ay, de mí! a ser amigos y compañeros del oficio.

domingo, 9 de octubre de 2011

Festival Máscara, un año más.

Por cuarto año consecutivo, la ciudad del Drago ha acogido la celebración del Festival de Teatro Máscara durante unas jornadas que no pasan de una semana y que, no obstante, están ocupadas por compañías tanto profesionales como amateurs, como no podía ser menos si tenemos en cuenta que el grupo que organiza dicho Festival es Sol y Sombra, grupo de amigos aficionados al teatro que hemos dedicado muchos años a divertirnos en escena sin mayor pretensión que la de conocernos y compartir ciertas inquietudes (aún cuando esas inquietudes nunca sean las mismas). El caso es que la fiesta del teatro ha llegado a Icod desde este viernes pasado, desde que el profesor y compañero Jose Antonio Ramos Arteaga pronunciara la conferencia inaugural de las jornadas, y se diera paso al montaje de la compañía Reymala "Noche de bufones" con el que han comenzado esta nueva temporada teatral y que ya llevaron al Teatro Leal de la Laguna el 30 de septiembre.

En lo que concierne a la ponencia del profesor, ninguna noticia más amarga pudo sucederme esa noche, pues por un error de mi parte, Pepe Ramos Arteaga había comprendido que se trataba de una conferencia ad hoc, para lo cual se había preparado una exposición de textos de teatro aficionado en la zona noroeste de la isla de Tenerife, en la que sucintamente hablaba de todas las manifestaciones de este tipo de representaciones tan importantes en la historiografía teatral. Al final tuvo que reducir toda aquella información en una breve explicación de media hora, por más que su ponencia estaba pensada para hora y cuarto con  sus textos respectivos y lecturas correspondientes. Por suerte, la acostumbrada amabilidad y comprensión de Pepe me hicieron sentir menos culpable, prometiéndome que volvería de nuevo a Icod para explicar con todo tipo de detalles los puntos de su conferencia. Agradezco desde aquí una vez más la presencia en nuestro festival de Ramos Arteaga por su inagotable conocimiento, su entrega y su respeto por el arte dramático, su interés por el hecho popular y su lucha por acabar con la marginación que ha sufrido el teatro aficionado, resaltando la importancia de un arte desinteresado, sano y espontáneo como es el teatro amateur.

Como componente de Noche de bufones, montaje con el que la compañía Reymala fue invitada para abrir el Festival puedo garantizarles que ha sido la actuación más serena y compacta que hemos tenido. Me da la sensación de que hemos empezado a disfrutar de verdad con la obra, con los personajes, con las situaciones. Señal inequívoca de esta intuición es el caluroso aplauso con el que el público acogió nuestra propuesta, así como las constantes muestras de complicidad, de admiración, de alegría con que nos acompañaron los icodenses en una noche de cementerio. Con la grata sensación de haber arrancado con fuerza, empezaba nuestro Máscara un año más.

La segunda jornada de Máscara empezaba ayer con un pasacalle organizado por el grupo de teatro Sol y Sombra, escrito –mal escrito- por un servidor, sobre la historia del teatro: una ruta callejera que iba mostrando la evolución del arte dramático desde los orígenes tribales hasta las vanguardias y la negación del arte, pasando por el teatro griego, el barroco y el drama romántico. Me gustó que los compañeros del grupo de teatro compartieran escena con los niños de la Escuela infantil y juvenil Sol y Sombra, recreando entre todos el desarrollo histórico del arte que defendemos. A todo esto hay que sumar la banda de dixieland que acompañó la ruta, y que tenía entre otros músicos a mi querido y preferidísimo Juan Carlos León “Mosco”. Me gustó ver la cara de la gente asistiendo casi por casualidad a aquellos paseos en las orillas de las aceras, con expresiones de sorpresa, de alegría, de desconfianza. Me gustó ver que sencillamente aquel disparate motivaba algún sentimiento, por pobre que fuera.

La actuación de la noche del segundo día corría a cargo de la compañía Platónica Teatro, con un texto de Paloma Pedrero titulado Una estrella. No conocía la dramaturgia de Pedrero, aunque me causaba tanta curiosidad como descubrir la interpretación por la que José Manuel Segado, actor del montaje, se llevó el premio Réplica de teatro de este año por el papel que interpreta en la obra, junto a Bibiana Monje y Antonio Conejo. Me sorprendió positivamente la gran interpretación de Segado tanto como me decepcionó la historia de la obra: muchacha de vida compleja, ludópata, que escribe, que bebe café, estupenda, burguesonísima y un poco pedante que busca padre perdido en la soledad de un bar, donde suena de cuando en cuando una rocola con música al más puro estilo americano. Vamos, una buena antología de clichés, tópicos y recursos anodinos y superficiales que conforman una obra del todo increíble, frente a la que los actores tuvieron que hacer frente en todo momento para buscar sentido ante tanto disparate y tanta cita sentenciosa. Aún así, me gustó la interpretación de Segado, bastante serena y natural, lo que ayuda a convertir todo aquello en algo bastante más digno de lo que en una lectura podría parecerme. Por su parte, Bibiana Monje hizo lo mejor que pudo su papel y aún mucho más de lo que se le podría pedir, pero ni es su patrón de personajes, ni ese personaje es patrón de nada interesante hoy en día en escena. Al montaje general se le sumó una insidiosa música de fiesta privada de una casa próxima que inundó el patio del Convento de San Francisco, robando para más inri la intimidad que requería la obra. Esta desagradable molestia sirvió –eso sí– para confirmar la necesidad que tenemos en Icod de los Vinos de un espacio habilitado para representaciones escénicas, sin depender de los antojos atmosféricos ni de los fiestorros sabatinos. No puedo esconder la vergüenza que sentí al ver a los compañeros en escena sufriendo por culpa de aquel concierto ajeno, intentando luchar contra el despiste, el ritmo de la obra, el interés del público, la cultura toda y el respeto de quienes imponen sus fiestas por encima de la tranquilidad de los demás.


Esta noche, la Escuela Juvenil de Teatro Sol y Sombra llevará a escena “Sueño de una noche de verano” de Shakespeare, dirigida por Antonio Fumero, profesor de los alumnos. Esperemos que el humilde trabajo de estos años en nuestra escuelita (gracias a la cual más de cien niños han gozado ya del arte de Talía) salga a relucir esta noche en el esplendor de un texto tan hermoso como intenso. Ya les contaré.

martes, 20 de septiembre de 2011

Confesiones sentimentales de un bufón llamado Gangarilla, por el célebre comediante Ovidio Santamaría.

Me llamo Gangarilla, y nací en las Nuevas Indias, al norte de Nueva Granada, en el año de mil e quinientos e ochenta e tres por la gracia de dios todopoderoso y mediante la ayuda de un médico imbécil que no logró sacarme a la luz sin que me faltara el aire desde el pirmer momento, con lo que quedé menguado de por vida y con un discreto aire de pánfilo que me acompañaría hasta mi último aliento. Mi padre, originario de las Afortunadas, logró escapar de las galeras del rey y hacer fortuna con su inseparable mandolina en la ciudad de Caracas, donde tuvo por dicha de conocer a mi madre, mujer de talle esbelto y de reluciente mirada, tan casta y adiestrada para los oficios del hogar como los mejores soldados lo son para la guerra. De aquel amor de entrambos tuvo lugar la infeliz noticia de mi nacimiento, pues los cielos no tenían aviso de recibir entre la humanidad a mayor hideputa y loco que este esqueleto que habito y que me acompaña ha ya veinte e ocho años.
El infortunio del destino y las adversidades que me han sucedido consecutivamente torcieron los caminos que el Señor me tenía preparados, y después de trabajar al servicio de tantos amos, ciegos y perros como me fueron abonados por la Providencia, conseguí hacerme con un florido lenguaje de injurias y herejías, que tuve a bien aprovechar para mis romances y cantares, blasfemando contra todo orden y toda ley, acompañado de la mandolina de mi padre, que le robé antes de desaparecer para siempre del hogar y donde nunca más volví a poner mis pies, mal que me pese. De esta suerte me fui convirtiendo en un trotaconventos que apuraba mis versos con largos tragos de buen vino, cuando la suerte estaba de mi lado y cuando los que me oían celebraban mi destreza. Aunque más de una vez mi lomo sintió crujir los palos de quienes veían en mi boca y mi instrumento un peligro para sus intereses, y fue así cómo hube de darme cuenta del riesgo de mi oficio. No pocas veces los obispos y hasta los feligreses más dóciles siguieron mis pasos con el fin de aniquilarme, pero por alguna extraña razón, siempre tuve la suerte de escapar a la muerte en los momentos más difíciles.
La mayor fortuna que pudo acaecerme fue la de caerle tan en gracia al mismísimo Conde Duque de Olivares que no bien habíase pasado de aquéllo medio año, cuando ya estaba actuando para el rey en sus aposentos palaciegos, y bajo la ojeriza eclesiástica, que malmiraba mis proezas a regañadientes en una esquina del salón de espectáculos. Allí tuve el enorme placer de conocer a cuatro bufones más, cuyas vidas habían corrido más o menos la misma suerte que la mía, escapando y librándose de las fuerzas del mal a cada poco. Así fue como tuve conocimiento del arte de Bojiganga, con su malicia descarada y su buen gusto por la avaricia; el deslumbrante ingenio de Ñaque, un antiguo sacerdote venido a menos que había descubierto en el arte de la blasfemia su mejor manera de existir; en las sopesadas reflexiones de Bululú, que había viajado por toda Italia y conocía perfectamente a los cómicos dell'arte, y así también conocí por último a Cambaleo, la mujer a la que le hubiera dado el mundo entero de no ser porque la vida la había tratado tan putamente que apenas si podía reconocerse en ella misma entre tanta cicatriz emocional. Ahora que lo pienso, por culpa de ese sano amor que le tuve siempre, fui el único de los cuatro que no logré holgar deliberadamente con ella, de lo que deduzco que lo peor que le puede pasar a un hideputa como yo es enamorarme tan idiotamente de una mujer desgraciada.
No puedo decir, sin embargo, que entre nosotros cinco surgiera una amistad verdadera. Pero creo que ninguno de nosotros la buscaba ni la quería. Éramos cinco bocajarros que gritábamos ante la corte lo que no querían escuchar, y a fuerza de urgar en la malicia de los poderosos corrimos el riesgo de tornar el rostro animado del Respetable en continuas expresiones de odio y rencor que supimos reconocer a tiempo, escapando en secreto de palacio y haciéndonos a los caminos más insospechados por los pueblos del país, donde mal que bien ganábamos nuestros maravedises y perras de vino. Administrábalo todo Bojiganga, pero con tan poco acierto y tan desmedidamente que cuando descubrimos su holgazanería ya era tarde y no hubo otro remedio que adaptarnos al sistema que habíamos creado por olvido y desgana.
Pobres como estábamos de repertorio y ávidos de nuevas escenificaciones bufonescas, tuvimos ocasión de dar con uno de los autores más respetados de las compañías y cofradías del arte nuevo de hacer comedias de aquellos años: Don Ignacio Cabrera de Loyola y Solórzano, hombre de grande melena y copiosa barba, que conocía en exceso las técnicas más exquisitas de la bufonería y la sátira, que dirigía la cofradía de Los Lagartos, una de las corales populares que por carnestolendas salían a las plazas públicas a denunciar el disparate político y la corrupción , y que animaba nuestro entusiasmo con discursos tan sabrossos como esperanzadores. Fue así, con la presencia de Don Ignacio, cómo fuimos rozando la muerte sin saberlo, y cómo la Fortuna nos tomó de sorpresa tras tantos esquivos, pues el espectáculo que concibió nuestro autor (ayudado por nuestro ingenio y nuestra experiencia) resultó ser de tan peligrosa hechura, de tan maliciosa reflexión, que ni a los muertos dejaba que descansaran "in pacem". Desde los huesos de los cadáveres, hasta las torres más altas del cielo, no hubo camino que no estocáramos sin escrúpulos.
No era de extrañar que en la grande España, donde los poderosos han tomado siempre las riendas de nuestra historia, aquellos bufones que lanzábamos granadas a diestra y siniestra, pagáramos rápidamente con nuestra vida tanto atrevimiento. La horca vino a nuestros cuellos tan pronto como la sedosa corbata del rey al suyo desde tempranas horas de la mañana para encagarse de los asuntos de estado.
La mayoría de la gente ignora el poder de la risa, el ungüento mágico del humor que es capaz de liberar al hombre y sacarle de sus miserias. La risa ha estado perseguida desde los tiempos de Aristóteles. ¿No les parece extraño que no haya sobrevivido a la historia el tratado que el estagirita escribió sobre la comedia? ¿Acaso la risa libera la tensión que sentimos ante un mundo absurdo? ¿Es libre quien se ríe? ¿Es una suerte poder reírse en los tiempos inmundos que corren? ¿Y será cierto entonces eso de que "el que ríe el último ríe mejor"?

lunes, 30 de mayo de 2011

De peces y hombres.

Como cada último jueves de mes, el Club de lectura dramática Sol y Sombra organizó su encuentro de mayo en el Ex-convento de San Francisco, de Icod de los Vinos: nada más y nada menos que un texto de la actualísima Angélica Liddell, que se intitula "Y los peces salieron a combatir contra los hombres". Escogimos el texto por su rabiosa actualidad, por su manera singularísima de afrontar el hecho dramático desde una escritura que mucho tiene de mesiánico y de salmódico. Nos interesó sobre todo esa fuerza inherente que tiene la palabra "liddellesca" para convertirse en férrea denuncia y en cruel blasfemia.
"Y los peces salieron a combatir contra los hombres" es, sin duda alguna, una declaración de principios que se impone furiosa ante las injusticias que provoca la división ecuatorial del primer mundo y el tercero, la discriminación de los negros y los blancos, de los países del norte y los del sur, la desgraciada situación de los inmigrantes ilegales en las costas de España, y en definitiva, la distinción de las clases sociales y raciales que prospera cada vez con mayor ahínco en nuestra enfermiza mentalidad europea. Todo esto, desde un lenguaje irónico de innegable provocación y mediante una estructura formal del texto que implica la aparición de dos personajes (tres, en realidad, a juzgar por la omnipresencia del silencioso Señor Puta, alter ego del poder, la corrupción, las corporaciones y la profesionalización de la política) que se debaten a un tiempo en el seno intelectual de la protagonista, pues se trata de un monólogo con doble personalidad. Por un lado, con el personaje de Angélica, la autora incluye su propio pensamiento y manifiesta su constante inquietud al considerar la responsabilidad que le confiere el proceso dramatúrgico; por otro lado, La Puta representa el pensamiento cotidiano de los primermundistas, lleno de miedo, de prejuicios, de sorprendente estupidez. Liddell, en su característica línea de violencia escénica y dramática, construye por tanto un manifiesto de hondísima humanidad en el que parece reclamar un humanismo perdido; siempre, eso sí, alejada de los dogmas y los maniqueísmos propios de quienes escriben un tipo de teatro social que pretende señalar a los buenos y los malos con una dialéctica infantil. El rigor con el que Liddell trabaja el fondo ético de sus piezas es lo que engrandece y agrava, al mismo tiempo, la complejidad de su dramaturgia.

Si a la magnitud de un texto como "Y los peces..." le sumamos la estimadísima participación en nuestro club de la profesora de dramaturgia de la Escuela de Actores de Canarias, Isabel Delgado, dramaturga, especialista en este tipo de teatro "raro" y malcomprendido, que tuvo a bien aceptar nuestra invitación para situar a la autora y al texto en el contexto históricosociocultural en el que se inscribe, entonces podrán comprender que la cita no pudo ser más amena ni entrañable. Isabel supo hacer de lo más "apetitosa" una exposición de viente minutos en las que repasó nada más y nada menos que los principios éticos y éstéticos del teatro postdramático, así como la producción tanto dramatúrgica como escénica de Liddell, y la detallada estructuración interna de la obra en sí, con la naturalidad de una colega que viene a contarnos cómo prepara el gazpacho. Esa cercanía de su discurso nos permitió a los pocos asistentes que allí estábamos (a los que agradezco su asitencia y su interés)  apreciar la posterior lectura del texto, que correría a cargo de mi compañera Mar Gutiérrez y de un servidor.

Esperamos ansiosos la próxima edición de nuestro Club de Lectura dramática para la que ya estamos buscando textos. Apunta por ahora un ganador: Las bicicletas son para el verano, de Fernán Gómez, no sólo por variar temporalmente en el proceso dramatúrgico, sino por insistir en un tipo de lectura que esté al corriente de los tiempos actuales, donde la crítica, el debate, la furia, el entusiasmo y el recuerdo estén al servicio de las líneas de pensamiento independientes y críticas que han hecho despertar a España de un largo sueño oprimido.

Y a tí, Isabel, mil gracias por apoyar el arte dramático, allá donde se encuentre.
El norte te espera siempre que quieras volver.




viernes, 6 de mayo de 2011

Al calor de una estufa llamada Descartes.

Supongo que les importará un pepino lo que leo o dejo de leer, pero sin ánimo de resultar petulante (prometí que este blog iría sobre libros, arte, política y otras mentirijillas) quiero compartir con ustedes la satisfacción que me produce haberme devorado una milhoja de René Descartes, su Discurso del método, del que tanto oí hablar en mis años de instituto y al que siempre temí no entender con la suficiente capacidad e inteligencia que requieren los clásicos de la hermosa filosofía. Nada más lejos. Ya me había sucedido lo mismo con Borges años atrás, aquel Jorge Luis Borges del que yo oía hablar en boca de intelectuales y grandes lectores amigos míos, y del que yo pensaba no entender ni papa. Desde que un día me decidiera a tantear sus obras literarias nunca más lo abandoné. Tengo la suerte además de no haberme leído toda su obra completa aunque la tenga, cosa de guardarme alguna sorpresa literaria para los años que me restan.

Pues lo mismo me sucedió con Descartes, al menos con ese Discurso que tanto he saboreado, y del que tanto he aprendido, dejando a un lado partes como la anatomía o el sistema solar, de los que admito desconocerlo todo, hasta el punto de no saber cuánto más se ha avanzado en esas materias a lo largo de la historia científica. Sí, lo siento.

Estas dos noches que estuve ensimismado en la lectura (el texto apenas supera las cien páginas) yo me encontraba como arrinconado a una estufa, tal y como cuenta Descartes que estuvo durante sus años de estudio para elaborar su método. Allí encontré un calor estupendo de inteligencia, de prosa deslumbrante, de brillante sentido intelectual. Me maravilló la manera en que el filósofo duda de todo (bueno, menos de la existencia de Dios, a quien se empeña en demostrar ¡científicamente!) y la capacidad de ordenar el pensamiento para construir un modo -un camino- de acercarse a la verdad científica.

Pienso luego existo... Tomar conciencia de que el pensamiento es la causa misma de ser, al menos de ser consciente. Y de este modo, llegar a la conclusión de que si pienso existo, pero si no tuviera la posiblidad de pensar... ¡no existiría! ¿No les parece absolutamente moderno lo que cuenta Descartes? ¿No estamos viviendo precisamente en un tiempo en el que pretenden que no pensemos? ¿Y acaso es verdad que si no pensamos no somos individuos, sociedad, estado, continente, planeta? ¿Les estamos regalando nuestra existencia a quienes ya se encargan de pensar por nosotros?

Creo que necesito una cerveza.

jueves, 7 de abril de 2011

Un humor de pajaritas: Les Luthiers.

Anoche fui invitado por mi amiga Nazaret Yanes a presenciar el último espectáculo de Les Luthiers en el Auditorio de Santa Cruz de Tenerife y, como comprenderán, no dudé ni un momento en acompañarla. Los argentinos subieron a escena Los premios Mastropiero, espectáculo que sedujo a todos los asistentes que allí estábamos por su habitual manera de jugar con el lenguaje, por su destreza musical, por su escuetísima puesta en escena y por ese humor de gigantes proporciones que ha acabado por volverse un arma peligrosa contra poderes e imperios. También por la mala leche del espectáculo, que consiste en regalarse premios por su trayectoria artística, recordando viejos números del grupo, y al mismo tiempo, poniendo a parir la corrupción oficialista y oportunista de los premios culturales, los reconocimientos previamente pagados y la corrupción incesante de los jurados que deciden los galardones. Todo un espectáculo, sin duda.

Allí estaban aquellos cinco dioses del humor embutidos en sus eternos esmoquins blanquinegros, ahorcados durante casi dos horas por crueles pajaritas, y llevando y trayendo a escena todo tipo de aparatos deslumbrantes, artilugios de museo, instrumentos imposibles aparentemente ridículos pero de hermosas sonoridades y timbres inauditos. Me recordaban por sus acciones y sus pintas a los hombrecitos amargados y simpáticos que Quino dibujara tantas veces en su vida.

Junto a tanta mecánica de laboratorio sonoro, se destacaba un ingenio prodigioso y una voluntad suprema del lenguaje: las metáforas, los juegos de palabras, los dobles sentidos, las repeticiones, las intertextualidades, las dislexias y las hipérboles eran algunos de los ingredientes fundamentales de aquel festín. Del resto, preciosismo escénico y diálogos perfectamente construidos, mediante unos personajes tan diversos como coloristas, pero siempre (sorprendentemente) en una inexplicable línea de elegancia y talento, raramente común por estas tierras, donde la grosería insulsa ha acabado por implantarse como síntoma de la risa. Descubrí también un compromiso ideológico mucho más hondo que en otras ocasiones, por ejemplo cuando los fui a ver, también aquí en la isla, hace ya algunos años, con otro de sus grandes espectáculos, Bromato de armonio. Ahora me parecían más ácidos que nunca, arremetiendo sin miedo contra temas de verdadera importancia como el FMI, la CIA, el soborno empresarial, la lucha de clases, etc. No sé por qué razón me dio por pensar -y espero no llevarme a engaño- que la revolución que se está dando desde hace ya unos años en América Latina ha tenido que ver en esta actitud de Les Luthiers.

Mientras Nazaret y yo veíamos el espectáculo -admirados de tanto ingenio musical y literario- recordé especialmente -siempre me sucede- a mi padre, que fue quien me regaló el derecho a escucharlos gracias a su colección de compacdises. Y es que sus carátulas mostraban una maraña de aparatos industriales y en su interior se desplegaba el listado de títulos de las canciones: La gallina dijo eureka, Miss Lilly Higgins Sings Shimmy In Mississippi´s Spring, o Chacarera del ácido lisérgico. Como comprenderán, mi aturdimiento no era para menos.

Anoche seguía aturdido por más razones que en aquellos años que empecé a escucharlos. Y como yo, el incontable patio de butacas que se levantó para ovacionar a los artistas. Los aplausos del final amenazaban con echar por tiera el gigante techo del auditorio, y los cinco granujas agradecieron con su característica simpatía. Al verlos marcharse, le comenté a una deslumbrada Nazaret: "Tengo la sensación de que los estoy viendo por última vez". Ahora que escribo estas líneas espero, de todo corazón, equivocarme.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sara Molina, una mujer de teatro.


Entrevista realizada por Isabel Delgado y César Yanes.

Dedicada de lleno a la investigación de las artes escénicas, en constante descubrimiento de nuevos lenguajes teatrales desde hace casi treinta años, la dramaturga Sara Molina (Jaén, 1958) visitó nuestro Taller Permanente de Dramaturgia a principios de diciembre de 2010. No era la primera vez que aterrizaba en Tenerife, pero esta vez vino para impartir un curso de narratología dramática y para ‒de paso‒ saldar una deuda con la isla: una piedra del Teide que tomó prestada años atrás y que tuvo a bien devolvernos. Por despiste, la piedra quedó en Granada, donde nuestra colega vive en la actualidad como profesora de la Universidad y directora de varias compañías de teatro, pero ella no dudó en venirse y compartir con nosotros unas intensas jornadas teatrales donde pudimos conocerla un poco más. Aprovechando que estaba entre nosotros, le formulamos una serie de preguntas para indagar en su carrera, sus recuerdos y su amor por el trabajo. Así es Sara Molina y así ha querido ella que la conociésemos.

I.D.: Sara, sabemos que el proceso histórico del teatro desde hace treinta años hasta la actualidad merece ser analizado con lupa para descubrir las evoluciones, los cambios o las transformaciones que han propiciado un avance en todo tipo de materia escénica. Respecto a ti, ¿cómo has presenciado ese cambio de la escena teatral desde aquellos años en que comenzaste hasta la actualidad?

S.M.: Es muy difícil hablar de esto. Son cerca de treinta años y es algo muy diferente lo que ha pasado en el sur desde entonces respecto de Cataluña, Madrid o el resto del territorio escénico. Pero bueno, abriendo el plano y diciendo generalidades respecto del “estado de las cosas” podría decir que sí, que claro que los cambios efectivamente han sido muchos, paralelos a los sociales, políticos, de comportamiento del espectador ante las propuestas, ante los medios de expresión, ante la angustia de existir tan abordada por la contemporaneidad. Algunos de estos cambios han constituido un avance y en otros aspectos, después de una especie de situación de evolución, ha venido el proceso contrario, retroceso o involución; y hemos vuelto a lo mismo, o aún peor: una situación que podría llamar una especie de “fantasía de la repetición”. Una especie de situación en la que se da lo mismo pero no lo igual. Esto con respecto al espacio contemporáneo, experimental o de investigación, por ejemplo. Aquí ahora hay una generación de 20, 30 años muy conservadora. En ese terreno pareciera que siempre partimos de cero.
Pareció en un momento que ciertos temas estaban zanjados respecto de la autoría, del texto dramático literario y la escritura escénica, de la diversificación de los espacio de representación, intertextualidad, multidisciplinareidad, etc. Parecía que la porosidad de lo escénico respecto de la filosofía y el pensamiento deconstructivo, el desarrollo en música, pintura, artes visuales y tecnología hacían posible que ciertas cuestiones ya no se pudieran volver a plantear de una cierta manera, no se pusieran en cuestión de esa manera, al menos no ya más desde ciertos lugares reaccionarios como por ejemplo la insistente búsqueda de la supremacía del texto escrito sobre la representación. Parecía que los amantes de la muerte y el dogmatismo estaban definitivamente “contestados”. Pero ‒como ya digo‒ también parece que cada nuevo tramo generacional debiera hacer de nuevo todo el recorrido o que efectivamente la comunidad artística se fragmenta en grupos que continúan sin mezclarse, sin entenderse ni atenderse por las vías abiertas por sus predecesores, ejecutando su propia evolución exclusiva, así cada quien por su cuenta. Hoy en pintura y en otras artes es incuestionable cierto tipo de expresión, pero en escena se sigue diciendo “no, eso no es teatro… y esto sí lo es”. Es cierto que el avance en instalaciones, reconocimiento de la profesión, en su inclusión en la vida social ahora como opción profesional es obvia pero no siempre de una manera interesante.
También el avance tecnológico creó un tipo de expectativas expresivas; pero no es suficiente, sino todo lo contrario. A veces es peor, ya que crea una relación con el capital directa e inalterable, con propuestas que sólo buscan el reconocimiento en una sociedad de consumo y pierde todo poder transformador de los que participan en el proceso y menos aún en los “otros”, y así el teatro es ‒como el resto‒ pura mercancía.

I.D.: ¿En qué aspectos se ha avanzado desde entonces?

S.M.: Repito que por lo que yo he vivido el avance está claro respecto de las instalaciones, espacios de exhibición, medios, formas de dar cuenta, noticia de lo que se hace…En mis comienzos y aún en los 90 hacíamos teatro cuando era imposible grabar una función. Hacer fotos costaba una pasta; la imprenta se llevaba un pico del presupuesto y bueno, claro que no había móviles, por supuesto… y salir de gira y no saber cuándo o cómo llegarían los de la furgoneta añadía no pocos problemas a la distribución y al montaje y al acabado en sala de las piezas antes de su exhibición. Muchas, muchas cuestiones que hoy suenan o ya son anecdóticas han cambiado parece que para mejor. En cualquier caso producen otros efectos… Y ni te cuento de usar medios audiovisuales en escena, ¡era impensable! Aunque después puedes ver que eso es útil sólo cuando demuestra que lo es ¿me explico? Nada vale nada por sí mismo en arte escénico: es el uso que se le da y a veces incluso la resistencia o la negación a usar eso lo que cuenta, y no sólo, no por obstinación, sino para contar algo con esa renuncia que cobra un sentido de relación entre la vida y el arte… y más aún por ejemplo el tema de reciclado. Este asunto va calando en la concepción de cómo se plantean las escenografías. Y luego están los aspectos de formación, (o de deformación como los queramos llamar). Hay más lugares a los que poder dirigir las expectativas que entonces pero… ¿a qué entonces me refiero? Los 80, los 90, principios del 2000… porque cualquiera me puede contestar que no es para tanto y confeccionar un grafico rápido de lo poco que se ha avanzado en este sentido y lo mal. Pero bueno, cuando yo regreso ahora a Tenerife y veo vuestra escuela me parece genial, el asunto es lo que no ha cambiado. Ver eso, admitirlo y tener voluntad de colaboración para hacer algo. Ver qué es lo que tal vez la escuela y sus magnificas instalaciones no posibilita…
De todas formas me pregunto ¿qué es avanzar? Y más aún que es eso ¿sin objetivo? ¿Qué sería avanzar? No me es tan emocionante ni interesante la idea de avanzar…Se nos ha pegado eso de avanzar y no encontramos otra forma de hablar de lo que pasa más que en términos de un cierto tipo de manera de progreso que (ya está demostrado) no lleva a ninguna parte. Dios, el planeta es redondo y avanzar es volver al mismo lugar salvo que deambulemos y utilicemos los recorridos erráticos o nos esperen en un punto de partida. Claro, está la galaxia, sí es cierto… por ahí tal vez se pueda avanzar… progresar…
Parecemos sólo interesados en ser mejores que lo anterior, ya no se trata de cuestionar lo anterior, recibirlo como herencia, reestructurarlo en relación a nuestro presente. Sólo hay obsesión por ser mejor, mejor… y tal vez en ciertas cosas ya fueron mejores que nosotros “vanguardias de los 50 por ejemplo”, esos clásicos Kantor, Lorca y su teatro imposible… Se trata de cómo vivimos lo que nos toca vivir junto con esa herencia…

I.D.: Una vida dedicada de lleno a las artes escénicas merece hablar de muchas cosas. Seguro que guardas gratos recuerdos de muchos compañeros o profesores que han sido cruciales en tu formación. ¿Con quién has trabajado a lo largo de tu carrera?

S.M.: Con mucha gente, claro. No doy nombres porque dejar fuera a este o aquel me fastidia. Me formé de una manera ecléctica. No fui a escuela y tomaba cursos, seminarios, talleres, clases por todas partes: de voz, de danza, de dramaturgia, de interpretación… He trabajado con mucha gente y he aprendido de ellos y del entorno de esos encuentros; de otros que, como yo, estaban entonces en posición de alumnos y que ahora son actores o actrices o directores. Aprendía de sus comentarios y sus críticas a lo que nos enseñaban y de lo que me contaban que ellos querían hacer, no hay que desatender a nuestros compañeros y quedarnos enajenados con la presencia de las “figuras”… a nuestro lado puede haber alguien genial de quien aprender. Pero bueno, pienso que siempre he tenido una gran disposición para el aprendizaje que me ha permitido admitir muchas cosas desde muy joven, ser muy aventurera intelectualmente hablando.

I.D.: Háblanos de personas que hayan influido en tu manera de entender el proceso dramático.

S.M.: Por supuesto los de rango superior dejan huella: Boadella, para saber lo que no quería hacer; Panadero y Szubick, miembros de la compañía de Pina Bausch, mucho durante un tiempo y después, pasados los años, fueron muy útiles para aprender a luchar, a salir del poder alienante de las fascinación. Hay gente a la que admiras tanto y te influye tanto que te puede asfixiar. He luchado por encontrar mi propio camino y a la vez ser respetuosa y reconocer lo que he recibido de otros. Casi todo. Pero también hay gente más discreta, sin mucho éxito, poco conocida fuera del medio profesional de los que ahora daría nombre y no tendríais ni idea; personas que con su forma de estar, de dar clases, de tomar una cerveza después de las clases me han enseñado más que con técnicas, etc. He aprendido de los espectadores, de cualquiera en la posición de espectador escuchando lo que decían de mis trabajos o de otros. Me ha influenciado mucho la literatura, la teoría estética, el psicoanálisis, Kantor, Bacon (aunque era pintor), Adorno, Lacan… Gente que por fuera de lo escénico me ha dado una manera de pensar lo escénico particular.

C.Y.: Sara, ¿eres una actriz que escribe o una dramaturga que actúa?

S.M.: Soy una actriz que no actúa, una escritora que no publica, y una autora y directora de teatro que ejerce y vive de su profesión hace ya más de treinta años.

C.Y.: ¿Qué importancia te merece la provocación en el arte?

S.M.: No me interesa demasiado como actividad en sí misma; soy una persona amable a la que no le gusta molestar ni hacer creer a nadie que sé más o soy mejor. Mi provocación en todo caso es del orden de una interpelación de tipo intelectual, de pensamiento y que parece decir: «Usted sabe tanto como yo, usted siente tanto como yo, usted a nada que se esfuerce sabe de lo que pasa porque lo sufre también, así que ¿a qué estamos esperando para hacer algo? Primero cada quien consigo mismo y luego, cuando se pueda, juntos» Yo creo que eso es suficientemente provocador y que al espectador no pasa nada si se le trata bien…al revés hoy por hoy es más conmovedor, pienso.

C.Y.: ¿Cuál es el mecanismo del que te vales para la construcción de una nueva pieza teatral?

S.M.: La libre asociación de ideas, mis lecturas del momento, un equipo humano concreto con el que fantaseo. Comienzo anotando en un cuaderno pensamientos, citas, reflexiones, ideas sueltas, imágenes… A veces tienen un título desde un principio o aparece o varía después. En general puedo tener más de un cuaderno o archivo y según qué idea me surge tengo claro dónde debo colocarla. Luego me valgo, claro está, de mi propia existencia, que no es precisamente un mecanismo y que es lo que activa la cosa, el momento concreto en el que estoy y cómo eso se mezcla, entreteje, superpone, se doblega o se impone al equipo con el que voy a trabajar… que va haciendo el resto… siempre es una aventura… Ahora me gusta mucho que grupos concretos me inviten y asumir su particularidad y ver cómo eso se mezcla con mis propias inquietudes y qué es lo que sale de esa relación. Bueno, es un poco como navegar: te vales de ciertos conocimientos o más bien experiencia previa espacial, técnica, de las relaciones humanas pero cuando te pones a ello el aquí y el ahora es como el mar… tiene su propia vida y hay que adaptarse…

C.Y.: Durante el curso que hemos realizado contigo, hemos podido ver algunos de tus trabajos gracias a filmaciones y reproducciones audiovisuales, y en muchos de ellos yo he presenciado un cierto aire de humor, de hilaridad. ¿Qué lugar ocupa actualmente la risa en tu trabajo?

S.M.: Durante una época fue muy importante: era raro que hiciera un montaje sin humor, un cierto tipo de “humor” y algo que se confunde con el humor y que yo llamo “alegría”; pero luego fue desapareciendo y las piezas empezaron a ser muy serias… graves… Ahora vuelve aparecer de una manera amable, para suavizar. No es una risa ácida, critica ni hiriente, no es excesivamente irónica , es un juego más del lenguaje, de la mirada, es como una melancolía, incluso; un humor poético, podría decir… Es como una manera momentánea, fugaz, de construir un nosotros…

C.Y.: ¿Hay una línea poética inalterable en tu manera de hacer?

S.M.: No creo que pueda encontrarme respecto de este asunto a gusto con la palabra inalterable… Tampoco con la idea de la línea; preferiría hablar de círculos concéntricos que se expanden o se cierran sobre sí mismos hasta llegar a convertirse en un punto saturado y rodeado por un vacío. Prefiero hablar de una banda de Moebius en la que transito del fuera al dentro sin poder saltar al vacío, a la oscuridad en la que creo que existe algo que me espera… que aún me aguarda… tal vez una frase sólo mía, una palabra mía en la que por fin diga algo… Por supuesto que hay una poética… uso siempre el tema de la imposibilidad que hay en el lenguaje para la expresión completa cerrada de lo que queremos decir y eso es la poesía, ese decir imposible…

C.Y.: Muchos lenguajes de innovación escénica han surgido como resultado de una concepción política del hecho teatral. Pienso en casos como el Living Theatre, Erwin Piscator, cierto teatro de Brecht, etc. ¿Crees en la politización del teatro?

S.M.: El diccionario dice de la expresión “política” que es el arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados. Que es la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. La actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo. En este sentido no hago mucho, pero si se trata de tomar la cosa, por ejemplo, como la plantea Anna Harent, que dice más o menos que la forma más política de proceder es ponerse en el lugar del otro, entonces mi trabajo es súper político. Pero vamos, que no es un asunto de proyección, sino de inducción. Desde el teatro siempre surge, emana algo que es político si es que se trata de verdadero teatro y no de mercancía. Siempre se construye un “nosotros” y eso es política. Siempre se trata de ideas que hacen pensar la posibilidad de reflexionar de otro y esto es tener en cuenta cómo piensa otro… Siempre surge otro modo de vivir, otro modo de construir lo real desde una verdad que emana de la escena, cuando es Teatro, un acontecimiento de pensamiento, insisto. Siempre se piensa con el otro que ha venido como invitado a participar del acontecimiento… Es un momento en el que lo real y lo verdadero aspiran a encontrarse, y eso siempre es político.

C.Y: ¿Crees que el teatro debe seguir existiendo? ¿Por qué?

S.M.: No es un deber, no me lo puedo plantear en términos de deber. En pleno S. XXI es una situación dada que sobrevive por cuenta propia como mercancía de intercambio. Es una especie de existencia del ocio más o menos elegante; se va al teatro como para hacer algo de rango superior. Al cine vas a entretenerte, a pasar el rato, a divertirte, y eso es genial, pero al teatro se va como con una posición de “boato” o de sacrificio que no le sienta muy bien pero que tampoco está mal del todo. Es cierto que se puede vivir sin teatro y que hay sociedades, culturas que no poseen teatro; y es cierto que hay un cierto tipo de teatro que a veces desaparece por completo y sólo hay representación y espectáculo –mercancía. Pero en el teatro se da una circunstancia de presentificación, de tiempo real simultáneo al escénico que no está en ninguna otra expresión artística, así colectiva. Eso no se puede perder porque ahí se mueven las ideas de otra manera y si ahí de verdad conseguimos que pase algo, eso afecta a la vida de los que lo comparten de una forma particular arcaica y yo diría que ahora ya cuasi mítica…

I.D.: Parece ser que estás preparando en la actualidad un libro con tus piezas dramáticas. ¿Cómo lo llevas? ¿Para cuándo saldrá a la luz? ¿Qué pretendes con él?

S.M.: Surgió de la necesidad de dar cuenta por escrito de ciertos trabajos escénicos, de escritura escénica que por ser piezas de este carácter y por el hecho de ser el teatro arte efímero por excelencia, se habían perdido por completo después de su “haber tenido lugar”. Y ahora con su reescritura (o más bien con la transcripción que hago en el libro y que da lugar a un nuevo texto) quedan fijadas de alguna manera para que se puedan ofrecer a los que ya nunca verán esos trabajos. En su día se hicieron directamente sobre la escena y de este modo me obligaba ahora a crear de nuevo mediante procesos del lenguaje una manera de narrar lo que sucedió que de alguna manera es una reinvención… Una tarea imposible pero una tarea… También incluyo piezas inéditas que no llegué a montar nunca. Creo que es fruto de un cierto momento “cronológico” una necesidad fruto de la madurez y de cerrar y pasar a otra cosa.

I.D.: ¿Cómo definirías tu experiencia con el grupo de dramaturgia de La Laguna, y el curso que realizaste con nosotros a principios de diciembre de 2010?

S.M.: Como muchas otras veces creo que son experiencias de aprendizaje más para mí que para los que acuden a conocerme, a saber de mí, porque a duras penas logro “exponerme”; aunque en esta ocasión, por la diversidad y juventud del grupo, lo intenté de manera intensa. Intenté poner en cuestión “las palabras” que se iban a utilizar: autor, texto, influencia, búsqueda para a partir de ahí hacer algo. No se trataba de reinventarlas sino de extraer el significado particular de ciertas palabras para cada quien de los que nos dábamos cita en ese momento ahí en La Laguna. Y el grupo me siguió como pudo, pero abandoné de golpe este asunto, y ya casi en la segunda sesión se convirtió en un taller de interpretación. Un poco más de lo mismo para algunos alumnos; en otros parece que hubo algo intenso, eso es muy valioso, es un regalo del azar. Creo que intenté una especie de shock pero luego se diluyó. Me quedé frustrada. Definiría la experiencia como… eso, desconcertante. Estaba maravillada con la escuela, con mi regreso a la isla después de muchos años y los cambios a los que me había preparado pero que me superaron. Me impactó la Laguna tan hermosa, discreta y viva; una ciudad que crea ansias de hacer. Y el carácter reposado del isleño… Otra forma de habitar el tiempo a la que hay que cogerle el pulso… Me devoró los días…
Lo definiría tristemente así como “frustrante” y, en el mejor de los casos, sólo desconcertante. Debo volver e intentarlo de nuevo.

I.D.: Y una última -malintencionada- ¿por qué no te entiendes con los canarios? ¿Por qué no te sientes cómoda?

S.M.: La isla construye un nosotros muy claro cuando se trata de la aparición del otro, de su llegada. A partir de ahí no es cómodo estar en ninguna parte. El grupo fue sincero conmigo y por eso también “arrogante”, “desafiante”, y eso es difícil de llevar. Hay una actitud de «a mí no me vas a convencer de nada» y algo de «¿Qué quieres tú de nosotros, eh?». Eso es muy isleño; la desconfianza… Lo volví a reconocer, a ver, palpar… El que sufre desconfianza sobre sí no está cómodo, se siente cuestionado. Hay un afuera y un dentro que hay que gestionar, un aquí y un allí específico de las islas diferente al de otros lugares, más radical, hermoso y salvaje que otros “aquí y allí”. Si voy a Córdoba hay un aquí y un allí también, pero nos sumergimos también en un “nosotros” y ese aquí y allí no es tan materico… Cuando nos hace falta para salir del paso, de una dificultad se usa ese nosotros y ya está. Algo que en la isla es más difícil; ese algo se vive de una forma particular, más que nada. En el terreno cultural está el que cree que viene de algo a un vacío y se equivoca. Es responsabilidad del canario demostrarle esa equivocación y lo hace, pero aún falta que lo haga construyendo su entidad creativa a base de memoria y de reconocimiento entre vosotros mismos. No es que no me entienda: es que entiendo demasiado pero no soy capaz en tan poco tiempo de demostrarlo y surge la frustración…Yo (me da vergüenza decirlo, que se tenga en cuenta) amo las islas. Las amé no sólo a través de su paisaje; las amé por su cultura, sus intelectuales, las palabras de sus autores y la pintura. La amé, a Tenerife, por ser la isla surrealista cuando llegué por primera vez y lo supe y pensé que yo estaba donde debía, allí, haciendo teatro en la isla surrealista y trepando los muros de la casa de Óscar Domínguez, y viajando por los Gigantes y bajando al sur y esperando a diario el momento en que el Teide se dejaba ver y…y…… puedo decir más… y más…y la gente cree que sabe algo de las Canarias, siempre se las imagina y cuando llega ahí se niega a verlas en lo real. Yo ya las veo siempre en lo real y las escucho y las conozco y las amo como a algo familiar… He conseguido crear un pensamiento que une mi imaginación que no renuncia a ella, con cierta realidad de las islas y siempre voy allí a aprender y no hay ni la más mínima falsedad en esto, siempre, de las personas y a veces más aún de los lugares. La isla es un texto. En Anaga le dije a Isabel que allí sentía la necesidad de callar porque tenía que escuchar ‒leer‒ lo que allí estaba escrito y estaba diciéndose… para todos… para mí en particular…

¿Incómoda? Claro, porque es un viaje que me cuestiona, que me interpela a un lugar que amo y necesito que me corresponda. Mucha tarea, chachos…

lunes, 28 de febrero de 2011

Retrato público. Fran, I.

Uno suele darse al placer de escribir cuando tiene la sensación de que lo que va decir es suficientemente interesante como para ser capaz de robarle dos o tres minutos de vida a alguien, sabiendo de antemano que lo que está escrito va a moverle alguna emoción, por mínima que ésta sea. Y por paradójico que resulte uno se cree que lo que escribe en sus blogs y sus páginas personales no tiene mayor trascendencia ni mejor virtud que la de permanecer para siempre en una esquina olvidada del infierno cibernético. Pero resulta que a veces, por cosas del diablo, se nos regala la felicidad de descubrir que alguien lee lo que escribes y esto es lo que me ha pasado esta noche cuando mi amigo Fran me ha dicho que seguía mi blog y a mí se me ha disparatado el ego, y me he estofado como un puding de merluza al horno, y casi me caigo al suelo de la emoción ridícula que me ha entrado. Y yo podría entender que esta alegría mía es propia de quien no tiene el hábito de escribir y que mi condición lactante de escritorcillo del tres al cuarto me impone cierto amateurismo a la hora de enfrentarme con mis fans. Pero quien conozca a Fran, quien de verdad haya ojeado el interior de su baobab, sabe que no es poca cosa que un tipo como él repare en mis líneas de cuando en cuando con el homérico esfuerzo que supone abrir una pestaña en el infinito mundo de internet para saber qué pienso yo del mundo, de modo que me van a permitir que, como agradecimiento a ese acto misericordioso, le dedique este artículo de hoy, con el que comienzo ahora una serie de retratos sobre los seres que me entornan y me ocupan. Por eso hoy me propongo  hablar de Francisco Ernesto y hacer una escueta prosopografía de su persona, teniendo en cuenta que me arriesgo a retratarlo con un carboncillo muy tímido, cosa de no caer en infundios ni exageraciones. Les digo, eso sí, que es un hombre cabal y que sabrá emparejar con alegría este patchwork amistoso. Sólo prometo ser fiel a mi verdad, al menos.
Lo primero que descubre uno al llegar a sus orillas es que hay algo de rigor en lo que habla. Un rigor que nada tiene que ver con la pedantería ni esas cosas estúpidas que padecemos los que escribimos, todo sea dicho. Es como un rosario de convicciones que carga consigo como seña de identidad, pero que siempre están dispuestas a modelarse, adaptarse y aplicarse a razón de lo que vaya viniendo. Y por si fuera poco, lo que dice no sólo lo defiende sino que lo envuelve de una alegría simpatiquísima, o a mí me lo parece y resulta luego que no tiene gracia ninguna. Las metáforas, los abstractos, los símiles y metonimias, la anáfora y el doble sentido de las palabras son tan comunes en su discurso que a veces uno olvida lo que está contando para estudiar la manera en que te está desplegando su opinión, como si fuera una cartografía antigua o un incunable del siglo XV. Me recuerda la manera en que los magos van creando ilusión de magia vieja.  
Por otro lado sus aficiones, sus ficciones: el dominio y el amor por la lengua y la literatura inglesas -con el alma repensada en dos idiomas-; la lealtad al ejercicio pequeño-burgués del tenis y las competiciones, maratones, jam sesions y medallas bañadas en oro de gloriosa juventud deportiva; su pasión por Madona, con todos sus discos expuestos en vitrinas luminosas, y agasajada con la misma devoción que  la diosa Vesta en los hogares latinos de la Antigüedad; sus libros apilados contra la pared, amurallando nuevamente los muros de su pisito alquilado; el orden de sus manos; los corazones zurcidos que le han venido dejando los años; su novalístico apetito de nocturnidad; sus historias prohibidas y la manera en que las cuenta y las sufre y, en definitiva, su conciencia de ser y existir.
Dejo aquí este primer retrato sencillo de un amigo que me ha abierto el pecho de alegría al confesarme que sigue mis artículos. Así que, como sé que lo leerás, querido Fran, y porque te lo había prometido, este es mi pequeño regalo por tu impagable caridad para con este pobre muchacho al que un día leíste.  

lunes, 17 de enero de 2011

Pedro García Cabrera: el canto que no acaba.

       Este próximo fin de semana, concretamente el viernes y el sábado a las 21h, el Paraninfo de la Universidad de La Laguna abre sus puertas para representar Proyecciones, de Pedro García Cabrera. Uno de los textos fundamentales de la dramaturgia canaria de todos los tiempos y una rara avis de la literatura dramática nacional, dado su carácter freudiano.

Subir a escena un texto como Proyecciones, es hoy más que nunca una necesidad. Y esto no tanto por su valor artístico como texto dramático (que también), sino –y sobre todo- por su fundamento ético y social en los tiempos de desaliento a que asistimos. Cuando allá por los años treinta del siglo pasado García Cabrera escribía esta, su única pieza dramática, parecía estar anunciando la tragedia bélica que algunos años más tarde acabaría por llegar a España y que amputaría la voz y la voluntad de innumerables artistas e intelectuales de las islas.

Proyecciones es un testimonio fiel de la angustia de aquellos años, de la lucha infatigable por defender una patria necesaria, de la vanguardia más sublime y modernamente europea, del triunfo de las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, de la dignificación del proletariado y la politización del obrero y, en última instancia, de la construcción casi industrial del nuevo hombre que estaba naciendo por aquellos años.

Cuando en 2006 mis compañeros del grupo Sol y Sombra y yo asumimos el reto de estrenar por primera vez este texto que llevaba dormido casi ochenta años, sabíamos que se trataba de algo más que una representación exótica y curiosa sobre un texto olvidado. Hoy más que nunca el mensaje de García Cabrera cobra sentido para paliar la estupidez a que nos está llevando el ritmo mundial, para engrandecer el espíritu y el pensamiento humanos, y para justificar aquella frase sentenciosa con que se lanza uno de los personajes de la obra, afirmando severamente que «cada uno vive a la sombra de un sueño». El canto de García Cabrera parece no acabar nunca de denunciar una realidad que es siempre la misma repetida en infinidad de errores sistemáticos. Un canto que se alza a cada poco con más rabia y furor.

Este fin de semana, por tanto, será un festín para el teatro canario, pero también para la historia y la cultura de las islas, y por tanto, una fiesta autonómica de raíz intelectual y de innegable belleza poética. Quedan todos invitados a nuestras dos funciones en Aguere, en ese recinto magnífico que es el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, con su techo futurista y simbólico, tan al tono de la pieza.

En nombre de Sol y Sombra y el mío propio esperamos que con su presencia el teatro se venga literalmente abajo. Porque así sea, «la esperanza me mantiene».



César Yanes.

Director escénico de Proyecciones.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Como si pasara un año.

Me levanto tarde, aletargado por la resaca de la noche anterior, con el sueño en los ojos y una amargura innoble en la garganta. Me arellano en la cama, me monto sobre las piernas el portátil y comienzo a escribir estas líneas con las que asesinar un año viejo. Me pongo a pensar en todos los pequeños prodigios de este dos mil diez que ya acaba, las tardes en que me aburrí y en las que fui enorme. De alguna manera me siento en el compromiso de recordar "aquellas pequeñas cosas" y aquellos nuevos seres que el año me puso en el camino.
Los días de últimos ensayos y primeras representacíones teatrales con mis compis Óscar Bacallado, Lioba Herrera y Sonsoles García, recorriendo los colegios e instituos de La Laguna con la guitarra al hombro, y la sensación impagable de saber que uno regala sin miedo su energía para hacer un poco menos duros los problemas de los otros, para arrancar una sonrisa al triste. Y luego el espectáculo de ratoncitos que construimos a golpes de entusiasmo y de diversión y que llevamos en Barraca por la isla. Y los viajes por el archipiélago, llevando isla por isla a aquel personaje de Javi que tanto me gusta y que me hizo conocer espacios como el Teatro Chico de La Palma, donde fui tan feliz como gigante.
Los macnamarianos días de Carnaval, nuevamente con Lioba, mi hermana, pero también con otros seres difuminados ahora en el curso de los meses. Mi encuentro con Adrián y Macri, a finales de febrero, donde nos dimos al placer de recordarnos y de retomar una conversación -y un cariño- que estaba pendiente y amenazada por el olvido. Con ellos comí flores de chupos como exquisiteces.
El club de lectura dramática que se ha venido organizando en Icod, gracias sobre todo a la inestimable aportación de mi amiga Elvira Tricás, y gracias por supuesto a toda la gente de teatro que ha tenido la bondad de venirse hasta el norte y compartir lo que sabe con nosotros, desde Delirium, Troysteatro, Teatro Negra, Burka Teatro, hasta Ruth Cabrera,  Elsa Mateu o Teatrejo.
Mi querido Juan Carlos León "Mosco" y mi hermosa Mar Gutiérrez, con su confianza y su ternura, con su talento y su paciencia. Un trío de sota, caballo y rey dispuesto para el mejor envite, con nuestro repertorio tan sublime de fines de semana. El espectáculo de trovadores y cantautores que hicimos, tomando de aquí y cogiendo de allá. Y el ¡Fun, fun, fun! esta vez con David Orán, compañero de faena, con quien tantos buenos ratos hemos pasado.
Mi encuentro con Montse y Mónica en Gran Canaria, escapado de una de las giras por la isla para dormir al menos una noche con ellas. Divinas, fantásticas, humanas y divertidas como siempre. Con ellas, tengo la sensación de estar siempre borracho sin estarlo. Extraño ánimo.
Mi grupo de teatro Sol y Sombra, y el viaje que allá por mayo nos hicimos a Gran Canaria para llevar una comedia del Amparo a Tejeda. Un viaje -como todos- alegre y distendido, novelero y auténtico. La posiblidad de contar con nuestro espacio propio como sede: el Matadero (justo detrás del Drago); lugar de ensayo y de emoción donde nos dimos al placer de retomar Proyecciones para el Festival de teatro Máscara, de nuestra cosecha. Mi primera conferencia de teatro ante un público que entendió mi denuncia perfectamente.
Mis rutas nocturnas con Jéssica, y nuestros paseos al Leal, a escuchar zarzuela. Y nuestras cenas y nuestros pitillos confidenciales a altas horas de la madrugada, mientras el humo asciende vertiginoso sobre los edificios más altos de San Benito.
La visita de mi siempre querido Jorge, a quien llevo en el alma como cicatriz.
El kiosco de Icod cada viernes, con sus melodías y sus palabras, con la gente necesaria para sentir la necesidad de contar un cuento extraño.
Los días verano con mi preciosísima amiga Elodie Gauchet y Greg. Días de vino y rosas, sin duda.
Mi pequeña Zarzuela para Los Silos, con chotis incluido, y Marsita siempre haciendo de las suyas con su genial encanto. Curioso trabajo que me hizo conocer el mundo de la zarzuela, y enamorarme de ella. hay quien aún me achaca que cante siempre el "No puede ser, esa mujer esa buena" de la Tabernera del Puerto, ¿verdad Lean? A tí también, que te conocí a finales de agosto y todavía nos aguantamos. jeje.
El Fesitval Máascara, en Octubre, con la exposición de trabajos fantásticos, y la voluntad de un público -el icodense- que parece volver a amar el teatro, como hace años. A todos los que participaron y asistieron, en esa comunión sagrada del que hace y el que observa, mis mas sinceras gracias. Las funciones de la compañía por los colegios del municipio haciendo un llamado a todos los niños y jóvenes para que se acerquen al teatro en aquellos días tibios no fueron del todo en vano.
Mi contacto con el grupo del Taller de dramaturgia permanente, y en especial a Isabel Delgado, que me volvió del revés como un calcetín, fue sincera y humana conmigo y ahora tengo la cabeza explotando. Pero también a todos los compañeros que allí he conocido: Mabel, Herika, Jorge, Adán, Eduardo, Elías, Micaela, Jose, Élida, Marina, Alicia, etc... y luego los que empezarons a formar parte de este movimiento cultural de espacios)abiertos(de libre creación, donde hay tan buenos artistas y mejores compañeros, y que parece seguir la máxima marxista de: ¡Artistas del mundo, uníos! Los cursos con Rogert Bernard, Sara Molina e Isabel, más o menos intensos, pero igual de importantes para la conformación de lo que somos hoy.
El rodaje de una publicidad que saldrá estos días con La fábrica de imagen, y con los compañeros que allí conocí: Olga, Pablo, etc... -me van a matar las demás-.

Y en general mis reuniones con encantadores políticos que nada saben, con gente del mundo de la música que dan asco, con los primos en los días de fiesta del pueblo, con hombres estupendos, con mujeres encantadoras, con profesores ilustres, y con detestables burgueses.

Mis padres -hermosos como dos estrellas-, mis abuelos -reconcentrados ahora en un espacio nuevo, tranquilo, mínimo-, mi hermana Patricia, tan noble y equivocada, y en general a todos los que quiero y los que no quiero. Que tengan un próximo feliz año como se merecen. Y a todos los que no he nombrado, que sepan que celebro que me quiera tanta gente que no pueda escribir de todos.

¡Un beso y feliz año 2011!

lunes, 8 de noviembre de 2010

Elegía a Miguel Hernández, con quien tanto quería.

No es común, es cierto. Pero alguna que otra vez se suele tener la suerte de ser joven y dar con un verso iluminador, con un fragmento de una novela inolvidable, con un trozo de pensamiento que trasciende. No sólo consiste la suerte en dar con él, sino también en tener la disposición de leerlo con la entereza y la entrega que requiere la lectura, por breve que sea. Un día yo fui joven y tuve la suerte de que mis manos dieran con un volumen de poemas de un tal Miguel Hernández, cuya portada recogía un retrato suyo a pluma, y del que muchos años más tarde descubriría su autoría; nada más y nada menos que otra de las joyas de la literatura española: Buero Vallejo. Ya no recuerdo si aquel libro vino a mí por error, o yo apuré la necesidad de encontrarlo. Lo que sí les puedo asegurar, es que en aquellos poemas humanos se anudaba un hilo invisible que me hacía acabar el prodigio de un verso y continuar con otro sin descanso. Tanto fue así, que empezó a enterrarse aquella música en mi cabeza y ya no pude dejar de repetir tanta belleza. La Elegía a Ramón Sijé era un padrenuestro que rezaba cada tarde, con la misma entonación y el mismo ritmo en cada repetición. Alguna vez lo recité en el instituto donde cursaba mis estudios, en uno de tantos espectáculos como logré hacer en aquellos años, y que me valieron la confirmación de mis dos grandes pasiones: la literatura y el teatro.

Ahora con los años, después de todo este tiempo, vuelvo a descubrir en la obra de Miguel Hernández la misma entereza y el mismo coraje que un día leí en sus primeros versos. Y en estos tiempos de necesaria revolución sus poemas se vuelven granadas libertarias. "Déjame que me vaya / madre a la guerra. / Déjame blanca hermana / novia morena". De Miguel heredé sin saberlo -lo sé ahora- la necesidad de ser consecuente con el tiempo que le corresponde a cada uno. De asumir la muerte con la satisfacción de saber que uno cumple con su papel histórico. De no regalarle a los hombres venideros un mundo roto, vergonzoso, inútil. A mí aquel poeta soldado, aquel hombre sensible y social, aquel animal tierno y justo lograba estremecerme completamente. Yo lograba imaginarme desde sus versos la grandeza de su hombría, su olor a macho y a tierra, su gigante dignidad que cargaba como una cruz castigadora, pagando con la muerte y la miseria tanta honradez.

Otra de sus grandes revoluciones fue, así me lo parece, asumir una escritura de cricunstancias con una calidad literaria pocas veces reconocible en otros poetas sociales, para quienes el mensaje ideológico muchas veces imperó sobre la forma poética. Sobre todo en los tiempos de aquella España convulsa, donde se tenía que buscar por todos los medios la manera de evitar aquel cruento coup d'État que acabaría imponiendo una dictadura fascista. La poesía también se vio obligada a politizarse y a defender los ideales de la patria y de la república, ganada a golpes de luchas y de derechos. Unos años de nuestra historia contemporánea que ahora el señor Papa, en su reciente visita a España, ha querido tildar de agresivo anticlericalismo. Pero este es otro tema que no merece mayor comentario. En Hernández todo poema es de una belleza que duele, y esto no tanto por la verdad de su voluntad poética, sino por el profundo conocimiento del mecanismo a partir del cual un poema es un poema y no una receta de cocina.

Con Miguel Hernández, y luego Ernesto Guevara de la Serna, yo asumí la insignificancia de la muerte, cuando se trata de dar la vida por unos ideales.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Juan Béjar: la infancia incierta.

Durante muchos siglos el arte de la pintura en Occidente sirvió para inmortalizar todo cuanto concernía a lo perecedero -personajes, acontecimientos, paisajes- o a lo religioso, en esa pretensión evangelizadora del cristianismo para adoctrinar con material didáctico a sus fieles. También sirvió para recordar el vergonzoso esplendor de ciertos absolutismos, y como antojo sexual de grandes monarcas. Reflejó con entusiasmo el auge de la burguesía moderna, vió decapitar a los poderosos, liberarse los esclavos, volver a implantarse el imperialismo napoleónico en la Galia; dio fe de la prepotencia eurocentrista en América Latina y de la independencia de sus naciones, de la Ilustración y el Romanticismo, asisitó al nacimiento de los Estados Unidos de América y fue crucial para la vanguardia europea. Hasta la llegada de la fotografía, la pintura asumió la responsabilidad mesiánica de lo testimonial, del documento fidedigno de cuanto acontecía en el mundo. La literatura, por otra parte, se encargó de corroborar esa lealtad histórica y demostrar así el papel fundamental de la pintura en la historia de la humanidad.

Pareciera que la era tecnológica en la que vivimos le ha robado protagonismo al arte de la pintura, casi como relegándola a un oficio artesanal y manufacturado de poca trascendencia. En este aspecto, la evolución que ha sufrido la fotografía y con ella el diseño gráfico y el mundo de la imagen en general  parecen estar más en consonancia con los "tiempos modernos"; y sin embargo, autores como Juan Béjar, del que les hablaré en adelante, parecen romper con esa insidiosa manía de descalificar la pintura moderna. Pero antes de hablar de Béjar, creo que es conveniente aclarar cuáles son los retos a los que se enfrentó la pintura en la época contemporánea.

A mi modo de entender el proceso histórico de la pintura, creo que la llegada de la fotografía, lejos de ser un escollo supuso una liberación de su responsabilidad documental. La pintura, así, puede permitirse el juego de la imaginación, el campo abierto de la expresión infinita, donde no se debe lealtad a la verdad histórica sino a la verdad humana. En esta liberación del peso histórico -la vanguardia da cuenta de ello- la pintura no tiene límites reales, y busca nuevas maneras de expresarse a través de técnicas novedosas, de nuevas miradas frente al objeto, de serias convicciones políticas en los artistas. No es extraño descubrir que muchas obras de arte se han felizmente politizado. Además del triunfo de la imaginación, en la obra de arte se ha conseguido romper violentamente con la relación entre el objeto y el contexto, creando realidades aboslutamente extrañas.

Juan Béjar (1946), ha sabido crear esa realidad mágica gracias a la suma de tres -yo diría tres- elementos: la infancia, un aire historicista difícil de encuadrar y una técnica clásica que se encamina hacia lo naif .

La infancia, en ese sentido, es crucial para entender su obra: niños retratados en posturas casi forzadas, con actitudes severamente rígidas, sin esbozar la más ligera sonrisa, sin mostrar el menor rasgo de carisma. Niños pertenecientes a la nobleza, de piel blanca, embutidos en crueles vestidos de terciopelos pesados y tules agobiantes. Niños hartos de su infancia, en cualquier caso.


El contexto histórico en el que se mueve la línea estética de toda la obra de Béjar es el mismo. ¿Pero cuál es? No hay manera alguna de acordar una época histórica concreta. Y sin embargo en todos fluye un mismo aire, una misma manera de ser culturalmente. De todos ellos se podría sacar una historia del vestido que sabemos que no es actual, ni romana, ni oriental. Unos vestidos que tienen mucho de barroco, pero también de circo, de inglés y de contrarreforma. Pero Juan Béjar no se queda ahí, sino que introduce elementos en cada uno de los cuadros que resultan absolutamente desconcertantes: animales exóticos como loros, ranas, serpientes, tortugas, etc...  animales domésticos como perros y gatos de delicado pelaje, y árboles frutales o plantas de rara procedencia, y cuyas hojas parecen sacadas del mismísimo Edén. Son, sin duda, elementos que por su extraña combinación recuerdan el exotismo hispanoamericano que tan bien supo desarrollar García Márquez en Del amor y otros demonios, donde la cultura europea se diluye en el mundo colorista de la sudamericana, perdiendo su identidad pero ganando estéticamente en belleza y extrañamiento. Ganando identidad, acaso. Finalmente, elementos como señales viales de conducción al fondo de ciertos retratos, rompen con la cadencia histórica general, y hacen de los cuadros un mundo actual, en cierta manera.

En cuanto a la técnica clásica de la que hablaba, me refería a un tratado minucioso, casi orfebre, del detalle. Los estampados de las paredes del fondo de los retratos, los paisajes tranquilos, los elementos rígidos que acompañan a cada protagonista, conservan la delicadeza propia de los pintores barrocos pero con la exageración poética del arte naif de un Henri Rousseau, como si todo estuviera raramente inflado de belleza y sin ocuparse en modo alguno de ocultar la plasticidad innegable de la pintura. En cada retrato hay una disposición natural de las cosas que impide considerar la obra como un momento real, como un acto instantáneo. Se sabe que es mentira, que nada de lo que está allí existe, y sin embargo se siente una curiosidad enervante por descubrir la vida que encierra esa naturaleza muerta de muñecos de porcelana.


La obra de Juan Béjar, ese constante infanticidio barroquil tiene mucho de cuento folclórico, de narración maravillosa; es decir: de amor, de locura y de muerte.

martes, 19 de octubre de 2010

Máscara 2010. Apuntes sobre un festival de teatro.

En estos días de octubre de dos mil diez nos hemos despedido oficialmente de la III Edición del Festival de Teatro Máscara, en Icod de los Vinos, al norte de la isla de Tenerife. Un encuentro de ocho días en los que hemos podido apreciar el trabajo de varias compañías insulares de teatro, cada una de ellas con su manera especial de hacer y de entender el arte escénico. De mi inseparable bloc de notas, transcribo estos apuntes sueltos.

Viernes 8.
Proyecciones, de Pedro García Cabrera.
Por la compañía de teatro Sol y Sombra.

Trabajo durísimo el de retomar en tres semanas un montaje tan intenso como éste. Estoy contento con la tarea de la dirección que acometí entusiasmado por la calidad del texto. Los actores, a pesar de sus limitaciones, han descubierto colores nuevos, paisajes nunca visitados. Están cómodos, dentro de la ilógica semántica de la pieza. Hay cambios de última hora, que han afectado al ritmo natural del montaje. Pese a todo esto, hay momentos brillantes en el curso de la obra; ciertos personajes y situaciones bien construídas. Las proyecciones de vídeo sobre películas de la primera mitad del siglo XX, y los cuadros cuarto y quinto, cuyo último es un juego entre el actor real y el virtual, han sido bien acogidos. Tengo la certeza de que Pedro García Cabrera hubiera disfrutado con nuestra versión particular. La previa conferencia de inauguración del Festival Máscara con las palabras de Rafael dignificaron la III Edición, la representación de Proyecciones, y la salud intelectual del teatro en Canarias.

Sábado 9.
La reunión de los Zanni, de la Compañía Reymala.

Arrolladora como siempre, esta propuesta de commedia italiana se metió al público en el bolsillo desde los primeros minutos del espectáculo. Su frescura y su inquieta escenografía son algunos de los ingredientes principales. Hay una dirección muy precisa, latiendo de fondo. Los actores mantienen en todo momento el ritmo furioso y la elegancia de cada tipología de los personajes de la commedia dell arte. La música, el canto, el baile, los diálogos ágiles y los monólogos se mezclan perfectamente para construir una pieza disparatada y alucinante. Su grandeza está en la capacidad de divertir mediante un  proceso de sutilísma depuración dramática.

Domingo 10.
El culo, de Sevariano García Noda.
Por la compañía Delirium Teatro.

Interesante trabajo de dramaturgia. Me interesó especialmente la capacidad creativa de Severiano para construir una pieza de corte vanguardista con una estructura tan clásica. Me agradó la modernidad temática y la capacidad para lograr enternecer con un elemento socialmente repulsivo como el trasero humano. Me pregunto si se trata de un montaje adaptado para la celebración de sus veinticinco años de existencia, ya que nombra elementos inexistentes en esa época: el móvil, el euro, etc... El trabajo de Carlos Pedrós como "Culo" es verdaderamente admirable, y llega a resultar de una espectacularidad que se me antoja circense. Selecto cuidado musical de la obra. Sorprendente buenísima acogida del público. Echo de menos este tipo de teatro en la escena canaria.

Jueves 14.
El enfermo imaginario, de Molière.
Club de lectura Sol y Sombra. Varios invitados.

Perfecta selección de Elvira Tricás para festejar a un tiempo el Festival de Teatro Máscara y la Segunda Feria de la Salud, que tuvo lugar también en Icod. "El enfermo imaginario" de Molière, es una magnífica excusa para reunir en un mismo recinto a gente de letras y de ciencias, a filólogos y médicos, a actores y especialistas de la salud. El resultado, como no podía ser de otro modo, fue fantástico. La magia de actores y actrices del mundo profesional y la simpatía de algunos médicos y enfermeras encargados de leer algunos de los papeles de la obra, hicieron las delicias de los asistentes. El club de lectura dramática continúa su imparable labor y suma un éxito más a su humilde pero intenso currículum.

Viernes 15.
Aquí no paga nadie, de Darío Fo.
Por la Compañía Teatrejo.

A pesar de su noble humildad, de sus sanas pretensiones, no me parece un gran montaje, y esto no tanto por las limitaciones propias del teatro amateur, sino por un cuestionable reparto de actores.  Celebro -eso sí- la calidad textual y la iniciativa de subir a escena obras de la magnitud intelectual y dramática de Darío Fo. Me gustó la escenografía: colorista, sencilla, justa y necesaria. Gustó más de lo que esperaba.

Sábado 16.
Clausura y fin de fiesta.
Bocaccio de risas, de la compañía Burka Teatro.

Tengo la sensación de haber impartido una conferencia de clausura que cumplió con las exigencias y los compromisos necesarios para sentar las bases de un proyecto de teatro en Icod de los Vinos con futuro y de calidad, capaz de abrir espacios para todos los sectores del teatro y nuevas vías para quienes comienzan a buscar otra manera de entender el arte escénico. Reivindiqué furiosamente el compromiso político de los profesionales del teatro.

No pude ver el montaje de Burka esa noche, aunque ya lo había visto en otra ocasión y me resultó tan agradable como cultista; lo cual es de agradecer. Recuerdo una buenísima adaptación de Bocaccio, y una estupenda asimilación de su humor a la dimensión teatral.

Domingo 17.
Esto es Troya.
Por la Escuela Juvenil de Teatro Sol y Sombra.

Me deslumbra la capacidad de ciertos alumnos para entender el arte del teatro. Me gusta la sencillez con que se han apropiado de la naturaleza del teatro, y la estupenda labor que en ese aspecto vienen realizando Antonio Fumero y Jose Luis Roger como profesores de la escuela. Por fin Sol y Sombra abre sus puertas a las nuevas generaciones, y cumple con su misión animadora y social con realidades objetivas, y sueños alcanzados.

Miércoles 20.

Hoy es mi cumpleaños. Me he dado el placer de esciribr estas notas de teatro mientras recibo el día de mi aniversario. Veintisiete años. Esta noche leeré a Valle-Inclán, tranquilamente. Algo sutil como una sonrisa se me impone en la boca, y me río idiotamente ante la pantalla del ordenador, mientras reconstruyo tantos años de sortilegios. Sí. ¿Por qué no? Soy locamente feliz de vez en cuando.

domingo, 17 de octubre de 2010

El teatro como arma social urgente en nuestros días.

(Conferencia de clausura de la III Edición del Festival de Teatro Máscara, de Icod de los Vinos. Año 2010)


Queridos amigos,


Esta noche vengo a hablarles de teatro porque me parece que es de esos pocos asuntos de los que puedo escribir más de tres páginas con la certeza de saber que no estoy contando disparates. Vengo, por tanto, para compartir con todos ustedes las maravillas que encierra un oficio tan viejo y de tan hondo calado humano como es el arte dramático. Los que vivimos de esto tenemos el honorable orgullo de ser considerados unos seres raros, excéntricos, lunáticos y extravagantes. Obreros de un arte malentendido, zaherido, elitista y siempre en crisis. Y sin embargo, con todas estas adversidades, frente a todas estas tribulaciones, los actores, directores, escenógrafos, técnicos y productores mantenemos una lealtad homérica a nuestra profesión, casi como si no supiéramos hacer otra cosa que eso. Pareciera que nuestro destino fuera vivir en el feliz abismo. Aunque es cierto que saber hacer sólo eso implica saber muchas cosas, pues la formación teatral es tan intensa como infinita, e impone un ritmo casi violento de aprendizaje. En el teatro, cuyo espíritu fundamental es la imitación de la realidad puesta en tela de juicio, es necesario aprender a entender la vida misma. Saber cómo se realizan todos los oficios y las profesiones. Conocer todas las técnicas dramáticas. Dominar con cierta profundidad materias del saber humano como la literatura, la psicología, la antropología, la historia, la música, la mecánica del cuerpo, la lingüística o la filosofía. Así, al menos, entiendo que debe ser la formación del actor, a la que yo sumaría dos asignaturas más: la imaginación y el compromiso político. Y es de éste último punto del que hablaré en adelante, si me lo permiten.

En la sociedad logocrática en la que vivimos ha triunfado de manera sorprendente una cierta dictadura del relativismo. El poder de la palabra como aparato de dominación social está a la orden del día y es el golpe de gracia para la empresa de la desinformación y la manipulación de la verdad. El teatro es una salida del laberinto de esa maraña desinformativa en la que vivimos. Cuando hablo de compromiso político en el teatro, no me estoy refiriendo a una vinculación de las compañías o grupos de teatro con determinados partidos políticos, ni siquiera con tal o cual ideología. Creo, de hecho, que ésa es la muerte más inmediata del arte escénico: el servilismo. El mayor ejemplo de esa muerte teatral la conocimos en España bajo el yugo de la dictadura fascista que durante casi cuarenta años asoló al país, y que redujo el arte escénico al sentimentalismo decimonónico de la gran tragedia lacrimógena y al grosero barroquismo de la comedia ligera. Un teatro sin duda, muerto, salvo contadas excepciones, y pensado para cumplir función ociosa, pero nunca intelectual; que buscaba el aplauso facilón y el panfletarismo descarado a favor del régimen; extraña paradoja la de utilizar un arte que lucha por las libertades humanas, para beneficio de una dictadura. Entiendo la politización del teatro como la manera de asumir un compromiso con la polis, con el pueblo. El teatro debe ser entendido como un arma social a disposición de las necesidades y los intereses reales de los espectadores a los que se dirige. No pocas veces he ido al teatro a aburrirme, a sentir que aquello que está sucediendo en la escena no tiene mayor trascendencia ni mayor importancia que la de ser un texto exótico, o un montaje muy espectacular del que nada más se puede decir. Padecer la sensación de que lo que se está viendo no pertenece a ninguna realidad objetiva, sufrir la irresponsabilidad de un teatro evasivo que no nos hace pensar ni decidir, es absolutamente imperdonable y otorga el derecho a la devolución del dinero de la entrada. Cuando el teatro se transforma en un pasatiempo social, en una cita para señoronas, se puede afirmar sin temor a equivocarse, que el teatro ha tocado fondo. Creo que la maldición más terrible que le puede acaecer al arte escénico es la de convertirse en una grosera y aburguesada reunión de ocio, donde los espectadores van para pasar la tarde noche y volverse luego a sus casas tan lindamente, como si nada hubiera pasado. Más de una vez he tenido que sufrir la impertinencia de quienes vienen a preguntarme si mi próxima obra de teatro es “de risa”, como si la única opción posible para hacer del teatro algo útil fuera la de entretener con la misma frivolidad y sensacionalismo con que lo hacen las novelas de Danielle Steel. Si alguna razón de ser tiene el arte dramático es su capacidad para subir a escena la realidad del ser humano, sus complejos y sus virtudes, sus miedos y sus vicios. No estamos –nunca hemos estado- en el tiempo de hacer un teatro que nos diga lo que queremos escuchar. Un teatro al servicio de los quince euros que pagamos como espectadores, porque según ley de mercado “el que paga manda”. La burocratización del teatro, esa insufrible manía de atender al gusto del espectador como punto de arranque de un proyecto artístico, tiene que erradicarse inmediatamente, si queremos hacer un teatro que ponga precisamente al espectador entre la espada y la pared. Creo que el mejor de los teatros es aquel que no pretende aleccionar, ni dogmatizar; aquel que en lugar de dar respuestas abre más dudas sobre la realidad del mundo para que el que asiste a la representación se vea obligado a tomar partido bajo sus propias convicciones. A mí nunca me ha interesado el teatro que intenta demostrar que el color blanco es blanco y el negro, negro. Y pienso que, además de ininteresante, ese tipo de teatro es ofensivo, porque no ofrece la posibilidad de reflexionar ni de asumir la obra bajo el criterio individual de cada uno, y porque en última instancia –permítanme decirlo- nos toma por idiotas.

Todo esto que vengo diciendo puede hacer pensar que el tipo de teatro que pretendo debe ser de una rigurosa solemnidad y de un carácter casi mesiánico, donde está prohibida la risa, lo espontáneo, acaso lo lúdico. Nada más lejos. La diversión en el teatro debe estar garantizada, y es además la base fundamental sobre la que se sustenta gran parte del arte escénico. Lo que ocurre es que la diversión no tiene por qué estar reñida con el aprendizaje. Ya en su Epístola ad Pisones Horacio hablaba del equilibrio entre la forma y el contenido del arte, de los famosos términos docere y delectare, de enseñar y entretener al mismo tiempo. Esta conjunción de principios creo que es básica para hacer del teatro un arte apetitoso. Un arte donde los ciudadanos –lamento hablar en términos tan retóricos- descubran una manera de ocupar sensatamente su tiempo, sin la ramplonería y la superficialidad que nos ofrece cierto ocio contemporáneo como es la televisión actual. Hay que saber descubrir el trasfondo social del teatro, pero divirtiéndonos. El género cómico ha sido en la historia del arte escénico el método más crítico y más controvertido de todos. Mientras la tragedia profundizaba los vicios humanos, la comedia se reía de ellos. Mientras la tragedia se desangraba en gritos de espanto y lágrimas de dolor, la comedia se divertía usando los mismos elementos desde un enfoque burlesco. Esta manera de entender las conductas humanas, desde la burla, la sátira, la denuncia descarada, es perfecta para el teatro, y es urgente en nuestra sociedad actual, donde el espectador parece pedir a gritos un descanso de sus problemas personales. La agitación de la vida actual exige también un tipo de teatro diferente, pero que no olvide la voluntad humana de aprender y de conocerse. La risa en sí misma provoca un efecto purgativo, y el mejor regalo que nos ofrece el teatro cómico es la capacidad de disfrutar y gozar de nuestros defectos. Al respecto, comenta Bruce W. Wardropper en su interesante tratado Teoría de la Comedia:



Desde Aristóteles, el homo ridens ha sido tomado con toda propiedad como objeto de indagación filosófica. En nuestro siglo, con metodologías divergentes, Henri Bergson, Sigmund Freud y Alfred Stern han llegado a conclusiones firmes acerca de por qué ríe el hombre. Combinando sus hallazgos, podemos decir que han descubierto que la risa entraña una liberación de tendencias agresivas y un reconocimiento de que el mundo en que vivimos está absurdamente tenso. Por lo tanto, al provocar la risa, el autor y los actores están manifestando la indignación del hombre ante las rigideces vitales y sociales que le recluyen en un molde o entorpecen sus actividades. La risa descarga la tensión que siente como resultado de su insatisfacción con lo que le rodea.


Creo que con estas palabras de Wardropper se demuestra perfectamente que el problema del que vengo hablando no se encuentra en el género teatral propiamente, sino en el contenido profundo que toda pieza de teatro debe tener. Y esta consistencia y coherencia del teatro es una tarea de todos: de los actores, los directores, las compañías y los productores, pero también del espectador. El espectador, que luego el sistema de mercado ha preferido llamar “cliente”, representa la causa y la consecuencia del teatro, el alfa y omega del arte escénico. En los cuatros procesos de la creación teatral, el espectador ocupa el último y definitivo lugar, después del dramaturgo, el director y el actor. De alguna manera los tres primeros son los encargados de construir la pieza de teatro en sí con su mundo simbólico y noblemente estructurado, pero el espectador es el receptor del mensaje de la obra y será quien tendrá  que descifrarlo, denunciarlo, compartirlo o rechazarlo. Es el espectador quien se posiciona ante el texto y quien completa el ciclo ritual de la teatralidad. Por eso es tan importante que la reivindicación de un teatro honesto, intenso y de calidad, sea una responsabilidad de todos. Por desgracia en Canarias no se ha logrado aún implantar una cultura de teatro que forme al espectador también como un profesional del arte dramático. Y no pocas veces he descubierto que el público de las islas da por bueno montajes de cuestionable calidad teatral y rechaza o ignora otros de perfecta hechura. Esta ausencia de público crítico propicia una posición acomodaticia para los espectadores, pero también un escollo para quienes, dentro del mundo del teatro, buscan caminos alternativos a la formalidad y el aburguesamiento de la escena. Y mientras no tengamos un público crítico e inteligente, sólo podremos hacer dos cosas: o luchar por crear e instruir ese público que necesitamos, u obcecarnos en comenzar la casa por el tejado, y obviar la necesidad del espectador en el proceso creativo. El espectador, por tanto, debe hacer uso del teatro en la dimensión de sus necesidades, o tal y como declara Augusto Boal, creador del Teatro del Oprimido, “hay que darle al pueblo los medios de la producción teatral. El teatro es un arma y le toca al pueblo servirse de ella”. Sólo de este modo lograremos crear un teatro propio, auténtico, comprometido y real, que esté a la altura de los tiempos que corren, y que sea lo suficientemente ácido para levantar una emoción, por mínima que sea, en el curioso que ha ido a verse reflejado en la escena.

En otro orden de cosas, la burocratización y cosificación del teatro como producto de mercado ha permitido que el cliente de teatro -no me refiero al cliente individual, al espectador, sino al institucional; léase ayuntamientos, empresas de ocio, organismos, cabildos, ferias, etc…- vele en la mayoría de los casos por el condicionante económico por encima del artístico, en detrimento –obviamente- de la calidad del objeto contratado. Esta obligación de abaratar el costo de los proyectos reduce al mismo tiempo la posibilidad de reflexionar sobre lo estrictamente teatral, y empobrece, en definitiva, la ya famélica situación del arte escénico en Canarias. En este aspecto también se espera cierta responsabilidad por parte de esos clientes de teatro, y cierta sensibilidad para entender las dificultades que conlleva la preparación de un montaje. La apuesta por Festivales de teatro como éste de Máscara representa a mi modo de ver una manera convencida de asumir esa responsabilidad, y creo que es de justicia reconocer la labor que en este aspecto viene realizando el Ayuntamiento de Icod de los Vinos para llevar a cabo un Festival como éste, donde hemos podido apreciar el trabajo de profesionales, de amateurs, de investigadores, de especialistas y de curiosos del teatro, que se han dado cita estos días en la ciudad. A pesar de su joven existencia, Máscara promete ser –y así lo espero- un referente del mundo del teatro en las islas, y una manera también de descentralizar la cultura y democratizarla, incentivando además una excelente promoción de la ciudad y sus ofertas de ocio y comercio. Éste, claro está, es un proyecto que necesita el compromiso de todos, la necesidad de creer ciegamente que vale la pena y que es necesario. Federico García Lorca dijo alguna vez que un “pueblo que olvida su teatro, si no está muerto está moribundo”. Hoy más que nunca el teatro tiene sentido, y se alza como una herramienta más para luchar contra los poderes de dominación, para alejarnos de la insidiosa estupidez a que nos está llevando el ritmo mundial, para ser críticos y conscientes de nuestra existencia y de nuestra sociedad. Animo, por tanto, a todos a luchar para alcanzar las orillas de ese sueño, y para que cada uno en su función y su compromiso sepa entender este proyecto como una conquista colectiva y como un reto cultural para la ciudad, aunque en la mayoría de los casos –les advierto- la lucha será larga y hasta inútil, mientras se siga haciendo un Festival de Teatro en una ciudad que no tiene un teatro, que viene a ser algo así como empezar una guerra sin munición. En el comienzo de este Festival, tuve ocasión de denunciar esta negligencia política, en nombre de todos mis compañeros de Sol y Sombra y mío propio. También en el nombre de todos los que, como nosotros, desean que los actos culturales del pueblo no dependan de los antojos de la imprevisible meteorología. Pensé que resultaría simbólico usar un paraguas para demostrar nuestra orfandad, nuestra triste condición de “sin techo”. Yo espero que pronto los ciudadanos tomemos cada uno su paraguas y salgamos a la calle a solicitar un espacio que acoja definitiva y dignamente a todos los que encuentran en el arte su manera de ser y de existir. La revolución de los paraguas, como en Portugal la de los claveles, está por llegar a Icod y servirá para reclamar lo que nos pertenece.

Mientras tanto unos y otros, tenemos que seguir luchando por acercarle a la gente el teatro. Los grupos amateurs como Sol y Sombra, tienen en ese aspecto una responsabilidad enorme en el proceso de formación de espectadores, que no siempre he visto que se llevara con éxito ni con la suficiente responsabilidad. El trabajo rural de estas compañías domésticas, su labor de iniciación al arte dramático, sus proyectos humildes y cercanos son un ingrediente fundamental para el gran festín del teatro. Crear un público de teatro es la única necesidad inmediata para resolver de una vez la tragedia del teatro en Canarias. Pero no cualquier público, sino un grupo de hombres y mujeres responsables, críticos, exigentes, cultivados y justos en sus análisis. Que asistan al teatro con la certeza de que habrán aprendido algo, y de que después del salir del teatro, algo en ellos les ha cambiado de dentro.

Yo, en mi empeño por considerar que el arte dramático es una manera fundamental de expresión humana, un escáner de las pasiones del hombre, no bajaré la guardia, aún sabiendo que no interesa, que no vende, que no gusta, acaso. Algo parecido al entusiasmo me susurra siempre a última hora que es necesario, que revela, que ilumina, que nos hace más libres y más responsables, que ayuda a entender lo que somos y que evita convertirnos en lo que no queremos ser. Y creo firmemente que si esta furiosa lucha no sirve para nada, ya sirve para algo.

Buenas noches.