lunes, 12 de julio de 2010

Edipo 1/2

El primer día de este Julio caluroso cayó en jueves, y como todo jueves de fin de mes, (ya que la cita respondía al mes de junio) fue recibido con una nueva lectura de teatro: Edipo rey, esta vez. La decidió nuestro admirado compañero Paco León, quien deseaba desde hacía ya algún tiempo traer al Club de Lectura dramática algún texto clásico. Sófocles fue el dramaturgo elegido y los invitados para la ocasión fueron Juan Carlos Tacoronte y Griselda Layño, que ya nos había visitado dos ediciones atrás. Cada uno trajo su tarea hecha y su simpatía característica, y disfrutamos de sus talentos y de su enorme experiencia.

La presencia de estos tres invitados dio lugar a una lectura hermosa y amena, con comentarios personales sobre los personajes, sobre la historia del teatro griego, sobre la puesta en escena, la función del Coro y el corifeo, etc. Una cita de lo más amena y más interesante.

A nosotros, a Sol y Sombra, nos tocó llevar a cabo las partes corales, para lo cual hicimos todo tipo de experimentos vocales, respondiendo más a nuestro interés por divertirnos que a la verdadera realización al uso de esos cantos, pues desconocíamos la forma en que se hacían en realidad. De este modo, llevamos a cabo un texto de intensa y compleja significación, cuya lectura es tan oscura como espesa, pero que sabiéndo ahondar en los símbolos que encierra, parece transformarse en un canto de hermosas alabanzas a los dioses y a los hombres.

La magia del teatro griego, al menos así me lo parece, está en ese modo tan sutil que tiene de instruir, de asumir el teatro como un deber ético, profundizando en los hechos y las acciones de los hombres, limando las asperezas de los vicios, poniendo sobre la mesa sin miedo los defectos más terribles de la raza humana. Y toda esta enseñanza, por increíble que parezca, está construida sin la bandera del dogma, sin esa asquerosa mancha de convicción que tiene siempre el discurso prescriptivo. Aquí, en este teatro auténtico, nacido al amparo de un tipo especial de democracia, se levanta la bandera de la duda como estandarte idiosincrático. No existe la respuesta; es la dubitación la que impera en el teatro, y contra la cual el espectador lucha por posicionarse ante los hechos. Ése es, me parece, el néctar más preciado del hecho teatral.

Por cuestión de tiempo no pudimos acabar con la obra,, de ahí mi Edipo 1/2. Por este motivo, en la Capilla de la Magdalena del convento de San Francisco pareció quedar flotando un aire de palabras tan antiguas como las estrellas. Allí quedó a medias un Edipo que retomaremos otro día con calma, cuando nuevamente el Oráculo de Delfos vuelva a vaticinar que en Tebas un hijo del rey nacerá y matará a sus padres y el miedo de éstos les hará desprenderse del bebé, para cumplir con los designios de los dioses. Y entenderemos, como los viejos griegos, que del destino no podemos salvarnos ni siquiera pretendiendo esquivarlo, porque esa huida está también escrita en el destino.


Esa misma noche, antes de empezar la lectura, Paco León me confesó tímidamente -como suele ser propio de él- que había ganado el premio de poesía Pedro García Cabrera del año 2009. Entonces me pareció que también estaba escrito en el destino.

P.D: Hace dos días, por cuestiones de entusiasmo literario, me he dado al placer de redescubrir la versión del Edipo que en 1967 hiciera Pier Paolo Pasolini. Una joya de película, con ese ritmo lento, sereno y caliente del genial italiano. Pocos directores saben llevar a la pantalla con tanta sabiduría como Pasolini las grandes obras de la literatura universal, como ese hermosísimo Edipo Re, con anacronismo incluido, casi como demostrando la candente actualidad del incesto y del amor filial.

lunes, 28 de junio de 2010

Réquiem sin piano para Pepe Floro.

Desde la mañana de ayer domingo a la música del universo le faltan dos manos, diez dedos, un hombre: Pepe Floro. Y todos los pianos y las guitarras y los timples y los cuatros lloran huérfanos la muerte de uno de sus más fieles amantes. Consigo, Pepe se ha llevado una manera especial de interpretar ese paraíso extraño y gramatical que es la música. Y se ha llevado un pedazo gigante de emoción que supo traducir siempre en tecla, en cuerda y en aire.

Pero se ha llevado más, mucho más: también el corazón de quienes tuvimos la suerte de compartir nuestros talentos con el suyo. Lo lloramos desde ayer guitarristas, saxofonistas, cantantes, bailarines, presentadores, magos, obreros, profesores, curas, políticos, jazzistas, folclóricos, modernos, clásicos, parranderos, borrachos profesionales, espontáneos de tenderete, familiares, amigos, compañeros y enemigos. Lloramos -estoy seguro- porque cuando se conoce a una persona así uno tiene la creencia infantil de que no puede morir nunca, de que los genios malparados como Pepe están hechos de una pasta que resiste el tiempo y el dolor, porque nos resulta injusto pensar que toda esa magia con que era capaz de crear mundos no vuelva a repetirse nunca más sobre la Tierra. Y es que había en su música un olor a poesía tan intenso como el de su inseparable wiskhy inglés.

Ahora, en esta noche seca, se me atropellan en la cabeza los recuerdos y las emociones, como luchando por construir un réquiem digno de un ser tan especial como el maestro. Una sombra oscura de tristeza recorre Icod, su pueblo y el mío, amenazando con desparramarse por calles y casas para siempre. Parece como si nadie se atreviera a fundar un tenderete sin el miedo de que la emoción sea tan fuerte que pique el vino en las bodegas y las guitarras se queden afónicas de llanto y de nostalgia. Muy grande tiene que ser el talento de un músico para que al morir se le tenga miedo al silencio que deja tras de sí. Y gigante también la persona que es capaz de sacarnos tan gorda lágrima igual a tan distinta gente. 

Cuando, en tiempos venideros, los hijos de las nuevas familias que están aún por venir escuchen hablar en el pueblo -que será entonces ciudad acementada- de un tal Pepe Floro, algo que es como un tímido orgullo nacido del cariño hacia las cosas cercanas -como un fuego de identidad- les arrebatará el corazón, y sabrán que aquí, casi en las raíces del Drago nació un hombre de feliz condición para la música, y de extrañas dotes para la eterna alegría.

La historia está a favor de los vencedores, y desde hoy a la memoria del pueblo, junto a Gutiérrez Albelo, Nuria Delgado o José Manuel Cabrera Mejía hay que añadir la de José Luis Ravelo. La de nuestro Pepe.

Desde ahora, los que aún estamos vivos somos testimonio.

sábado, 19 de junio de 2010

Una dama boba.

Anoche dos grandes sorpresas: el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, y La dama boba, de Lope de Vega, que yo había leído ávidamente con dieciséis años, pero que nunca había visto representada. De la pirmera sorpresa debo decir que fue una mezcla de encanto y desilusión: demasiado gigante y desangelado para recinto de teatro, y demasiado frío para cita universitaria. Eso sí, el techo del Paraninfo, me resultó delicioso. De un lado, los obreros del mundo, del otro los intelectuales, hacia un norte las palomas, hacia otros cielos las águilas, y todos allá arriba mirándonos, empequeñeciendo nuestras existencias con las suyas. Algo de trascendente hay en aquel fresco, algo de extraño también, con una esquina donde se advierte la máquina y el futuro; el futurismo, por mejor decir.

La segunda sorpresa, La dama boba. Cuando alguna vez alguien ha tenido la bondad de preguntarme (preguntar es un acto bondadoso) una definición de teatro, yo he respondido que hay tantos tipos de teatro como maneras de entenderlo. Hay teatro cuya referencia son los actores del montaje, hay teatro que se convierte en éxito por sus directores, hay teatro de autor, hay teatro de escenografía, hay teatro de libreto, teatro de música, teatro de iluminación, de adaptación o versión, de producción, de maquillaje... y teatro de vestuario. Éste último, es el que representa para mí, la bobita dama de Lope que vi ayer en el Paraninfo. No significa esto que el vestuario sea lo único que vale la pena del montaje. ¡Nada más lejos! Sería tan injusto como miope decir sólo eso de la propuesta clásica de la compañía Réplika Teatro. Pero el hecho de ser Ágatha Ruiz de la Prada la encargada del vestuario y la escenografía, no es sólo un llamado comercial sino un estigma que marca de arriba abajo la obra de teatro. La marca desde la conciencia del espectador que asiste por la curiosidad de ver un clásico en manos de una modista tan particular, y porque esa particularidad de Ruiz de la Prada es evidentemente una línea estética inquebrantable.

El montaje fue, sin duda, delicioso. Los actores, embutidos en aquellos kilos de goma espuma y fluorescentes, parecían no formar parte de la raza humana. Los corazones y los círculos y las estrellas, se amontonaban -con cuidadísimo equilibrio- en los vestidos y los ropajes. Todos los diseños no hacían más que acariciar ligerametne la idea del vestuario del Siglo de Oro. Eso sí, muy soslayadamente, permitiendo crear un mundo nuevo a partir de la inspiración de los volúmenes y las formas de aquellos tiempos. La armonía de los colores en el escenario, junto a un juego de luces fantástico y sutilísimo, hacían del montaje una especie de dibujo animado, de caricatura del mejor cómic juvenil. A mí me sorprendió el talento escénico de Ágatha para respetar al mismo tiempo el protagonismo del verso en la obra, trabajo que muy probablemente se deba especialmente al cuidado de Jaroslaw Bielski por acentuar la importancia del texto, frente al espectáculo. Duro trabajo para un director teatral cuyo montaje cuenta con un vestuario que es un símbolo nacional, perfectamente reconocible y que nos impone una excentricidad ya conocida por todos, que es la de Ágatha, la de su mundo tan básico y tonto, tan estupendo.

Eso sí, por más que Bielski haya construido una linda versión de Lope, el verso del Fénix sigue sufriendo en este país la amenaza de no ser dignamente recitado. Acaso sufre de ser incomprendido, aún peor. Especialmente en los actores jóvenes, ufanados en mostrar sus cuerpos esculpidos y sus bellezas -doy fe de ello-, entusiasmados con danzar sus encantos por la escena, pero olvidados del ritmo interno de un verso que debe fluir mágicamente natural, sin interrupciones ilógicas, sin paradas en encabalgamientos abruptos. Esto es más grave cuanto que lo que está en juego es la comprensión de los clásicos en la actualidad, y por tanto su continuidad en las carteleras nacionales. Olvidar nuestros clásicos -probablemente lo mejor del teatro barroco europeo- es lanzar al olvido toda una tradición no sólo dramática, sino histórica. Lope, Calderón, Tirso, Guevara, Amescua, Castro o Bances Candamo, son el reflejo de una España intensa, y obras como Fuenteovejuna, El alcalde de Zalamea o la misma Dama boba (con su crítica descarada a los intereses matrimoniales y el arribismo) son un referente social y humano para los fundamentos de nuestra sociedad actual. Y el no verlo así, el no darle esta suma importancia, es abrir la puerta al olvido, que carcome -como ya sabemos- todo éxito humano.


No obstante la dirección era fresca, la escenografía de lo más simple (cuatro cojines que formaban un trébol ¡de cuatro hojas!), los actores se entregaban con el entusiasmo y la alegría precisa de la trama, y los espectadores reímos no pocas veces con los disparates de Lope de Vega y con su infinito ingenio y maestría. Me gustó aquel mundo onírico, inexistente, donde la realidad y la ficción no tienen frontera, y donde los corazones, tan propios de una comedia de enredo amoroso- se multiplicaban innumerables por la escena. Celebro el empeño de la compañía Réplica Teatro por demostrar que Lope es un recurso teatral inagotable y por acercarnos los clásicos con la urgencia del show emocional y visual que busca el espectador de hoy.  O como se dice por mi pueblo: entre col y col, lechuga.

Mi primera vez.

Era mi primera vez. La primera vez que, por fin, después de varios intentos por conseguirlo, me sentaba tranquilamente en un teatro a presenciar una zarzuela. Sucedió el miércoles pasado, día 16 de junio, y fue casi por casualidad. En alguno de mis paseos vespertinos hube de haberme deleitado por las calles laguneras, que recorro con cierta asiduidad, y al pasar por el Teatro Leal descubrí un cartel que decía:

La gallina ciega.
Zarzuela en dos actos en formato de cámara.

Eran las cinco de la tarde, y la obra comenzaría a las ocho y media. Apenas si tenía tiempo de avisar a todos los que seguramente estarían dispuestos a venirse. Llamé a mi amiga Jéssica Scarlett. (Se me antoja ahora que su nombre compuesto tiene algo de zarzuela, también). Aceptó venirse conmigo a la representación. Así que pasó por casa y luego nos fuimos hasta el teatro.

Curiosamente, cada teatro tiene su público, y cada público forma su propio teatro, recortado al antojo de sus gustos y sus esperanzas. Allí, en las puertas del Leal, esperaba un grupo -pequeño, todo hay que decirlo- de descarado sector burgués, con sus abrigos de piel de marta unas, sus gemelos dorados en los ojales otros y, si me apuran, sus perritos de pelaje blanquísimo y espumoso. A mí aquella estampa de un siglo diecinueve derretido me resultó tan curiosa como divertida. Al entrar, éramos tan pocos que nos dieron asiento en el patio de butacas a todos, a pesar de haber reservado para el segundo palco. Como siempre se cerraron las puertas, se apagaron los teléfonos móviles, las luces comenzaron a difuminarse, y el teatro quedó a oscuras en un ínterin.

La pieza nos resultó una golosina, una exquisitez, una cajita de música preciosísima de la que saltaba como en una fuentecilla un chorro incesante de alegría, y en la que los personajes parecían marionetas movidas por hilos invisibles. Hilos conducidos, eso sí, por una excelente dirección escénica, pero también musical. Los actores cantantes, -o los cantantes actores, no sé- supieron construir una trama ligera y divertida. Y los músicos (Ensamble de Madrid) dibujaron perfectamente el espíritu alegre de la pieza. Mientras observábamos absortos aquel espectáculo, que nos maravillaba acaso por su sencillez y su frescura, yo admiré en la zarzuela la capacidad de crear en colectivo un espectáculo total. Siempre me ha sorprendido esa propiedad del teatro que consiste en conformar un producto único formado por infinitos trabajos individuales; es decir, que el prodigio del teatro es su colectividad, su sentido tribal, donde cada uno debe cumplir con su propia tarea para acercarse a un mensaje global. ¡De qué laborioso modo el autor del libreto -M. Ramos Carrión- y el compositor musical -M. F. Caballero- supieron fundar sus talentos para crear una zarzuela tan simple pero cerrada, tan bien construida!

Por un momento tuve la sensación de tener un gesto de lo más idiota, con la boca abierta por la delectación de aquel espectáculo que supo imitar en todo momento el efecto del cine mudo, a través de juegos de luces y maquillajes y vestuario de cierta misma línea cromática, que rondaba los grises, los marrones, los dorados y los negros. Una escenografía de lo más sencilla y unas voces excelentes. Aunque (esta es una confesión inter nos) me parece que los cantantes de zarzuela -lo digo porque hago una colección de varios volúmenes y empiezo a ver más espectáculos de este género- cojean bastante del lado de la interpretación textual. Hecho perfectamente comprensible en una profesión para la que cada uno de los dos aspectos de la misma (teatro y música) cuesta una vida entera aprenderlos.

La zarzuela, prima hermana de la ópera, cuya diferencia de aquella es que aquí hay partes dialogadas, es un arte español cuyo nombre se le debe a una zona del Pardo donde había muchas zarzas y en el que Felipe IV quiso hacer sus fiestas con música. Desde entonces el teatro cantado, o la canción dramatizada, vienen siendo en España un género muy preciado desde las óperas de Calderón de la Barca, hasta estas composiciones alegres como la que vino al Teatro Leal con la Ópera Cómica de Madrid el pasado miércoles. Es, eso sí, un arte que interesa más por su exotismo, que por su profundidad y trascendencia. Un arte hecho para una burguesía que no conoce el hambre, la pena ni la rabia. Un arte muerto.

viernes, 28 de mayo de 2010

Jueves de pic-nic.

Ya lo saben: ayer día 27 fue el último jueves de mayo, y como cada último jueves tuvimos la ocasión de asisitir a una nueva lectura de teatro. Una vez más con invitados de excepción: Manolo García, director de teatro, actor y tantas otras dignas cosas que amenzan con volver al desuso, y miembros de la compañía que éste dirige mayoritariamente:Teatrejo, del municipio norteño de Los Realejos.
Manolo fue el encargado de elegir el texto dramático: Pic-nic, de Fernando Arrabal. Una obra de vanguardia, continuadora de la senda del absurdo iniciada en Europa con Samuel Beckett y Eugène Ionesco, y cuya temática pretende ser una reflexión de la inutilidad de la guerra, y de sus crueles circunstancias. Vistas, eso sí, desde una postura crítica, pero hilarante; buscando, acaso, el humor en el espectador, pero hiriendo profudnamente la consciencia colectiva y la memoria histórica de una Europa zaherida por dos guerras mundiales, y varios millones de muertos.

La contextualización del autor y su obra estuvo a cargo de Manolo García, quien relató fabulosamente la vida de Fernando Arrabal, con todas sus peculiaridades, anécdotas y principios estéticos. Luego, metidos ya de lleno en el texto en sí, ádviritó del carácter surrealista de Pic-Nic. Surrealismo que no alcanzo a vislumbrar aún hoy, pareciéndome más acertada la concepción absurda de la pieza. Manolo, no obstante, justificó su argumentación con varios aspectos que le parecieron propios de la corriente bretoniana: el uso del humor, el collage como composición dramática y el desarrollo de unas situaciones que sólo son posibles fuera de la realidad material y lógica.

Para la lectura, Manolo arrastró consigo a cuatro actores miembros de la compañía Teatrejo: Sergio Luis Martín (El señor Tepán), Miriam García Bencomo (La señora Tepán), Luis Martín González (Zapo) y Marcos Hernández González (Zepo). Entre ellos, para nuestra sorpresa, habían preparado no sólo la lectura dramática, sino toda una escueta y coreográfica puesta en escena, con atriles, música enlatada y bailes ensayados; material que ya habían usado en la puesta en escena del mismo texto dramático en el año 2003. En aquella ocasión aprovecharon las circunstancias sociales del momento para hacer una lectura actualizada del texto, incluyendo los acontecimientos históricos con los que nació el siglo XXI: la guerra de Irak, la lucha del petróleo, la tragedia del residuo de chapapote en las costas gallegas, etc...

Fue -como siempre, como tenía que ser, como ha venido siendo hasta ahora- un magnífico encuentro con la palabra, con el compromiso, con la cultura y con ese deber que tenemos todos los que hacemos del teatro nuestro oficio (sin beneficio, las más de las veces), ese deber como digo de conocernos, de saber qué andan haciendo los demás en el resto de la isla, de descubrir que hay infinitas personas que como Manolo, Sergio, Miriam, Luis y Marcos siguen practicando el bondadoso ejercicio del teatro.

A todos ellos, muchas gracias.

sábado, 22 de mayo de 2010

Un teatro muy chico.

Este jueves pasado estuve en la isla de La Palma con la compañía Teatro Negra de Óscar Bacallado. Con él y con Lioba Herrera tuve el placer de conocer uno de los escenarios más hermosos y singulares del archipiélago; un teatro del que me habían hablado tantas veces y con tanto entusiasmo que nunca pensé que podría subirme sobre sus tablas: el Teatro Chico.

Su construcción me recordó desde el pirncipio a una casita de muñecas, y en cuestión de segundos mi imaginación voló y así me representé sobre el escenario vacío la genial pieza de Ibsen. Yo, que por alguna extraña razón soy bastante afín a los oráculos y el destino, me arrodillé para besar el suelo del escenario: una moqueta negra de lo más simple, todo sea dicho, pero que para mí garantizaba el bautizo de mi profesión en aquel recinto sagrado, y auguraba nuevas y próximas visitas a aquel teatro. Lioba Herrera hizo lo mismo, quizá entusiasmada con mi admiración por cuanto sucedía y observaba allí dentro. Los balcones de las tres plantas se estrechaban formando una herradura minúscula, y los asientos se repartían casi agobiados, empujándose por tener su digno espacio de reposaculos en el festín. El escenario era corto y hondo, o sea: largo y estrecho, y la acústica de una calidad excelente. Visité las tres plantas, recorrí el escenario, husmeé los camerinos, todo con tal de hacerme una idea general del edificio.

El marco en el que se encuentra el Teatro Chico, en medio de esa ciudad magnífica que es Santa Cruz de La Palma, es su sengundo encanto. La ciudad a aquella hora de la tarde -serían las 18h cuando llegamos del aeropuerto- tomaba un aire tranquilo de isla olvidada. Sabíamos que allí nada iba a acontecer más allá de la caída del sol y la llegada de la noche. Sólo nuestra función, en medio de la calma de la ciudad estrecha. La obra que llevamos, está pensada para reunir en la platea a padres y a hijos, para entablar luego con ellos un debate humano, sincero, amable. Hasta el teatro se acercaron unas cincuenta personas, entre políticos, técnicos y acomodadores, y público general. Asesino del Amor, es la pieza que Óscar ha escrito para jóvenes adolescentes de dieciséis años y sus padres.

No pueden hacerse una idea del silencio y el respeto con el que aquel minúsculo grupo de público se entregaba a la emoción que les brindaban nuestros diálogos y nuestras historias como personajes. Arriba, en el escenario, las lágrimas nuestras casi resultaron ser verdaderas, aunque ya saben cómo son estas cosas del teatro: mentira. La única verdad que había allí arriba era la necesidad de emocionar, de traducir los símbolos de aquel conflicto que representábamos. Y lo conseguimos, oiga. El público se levantó entusiasmado, y rompió el silencio del final con un aplauso estrepitoso que hasta nos avergonzó por un momento, de tan violento y emocionado como era.

Se había cumplido el ritual. El escenario ya empezaba a echarnos de allí, los telones querían correr rápidos por los rieles y cerrar la función. El público desalojaba el patio de butacas y parecía que el Teatro Chico se sumía en un sueño profundo y feliz, preparándose para darle luces y ambiente al espectáculo del día siguiente. Nuestra función había terminado, y el mundo seguía su curso y en cuestión de horas otros artistas subirían allí otra vez para tomar el relevo ante un público que espera cada día una lágrima, una sonrisa, una esperanza.

viernes, 30 de abril de 2010

La noche que García Lorca estuvo en Icod.



Es cierto. Anoche Federico estuvo en mi pueblo. Vino porque de alguna manera lo invocamos. Fue una especie de ouija literaria que atrajo su fantasma y su memoria, y todos sentimos la presencia de aquel hombre gigante y alegre entre nosotros.

Como cada último jueves de mes, anoche tuvimos la ocasión de volver a deleitarnos con una nueva lectura de teatro. La casa de Bernarda Alba fue el texto elegido para esta ocasión, y la experiencia de este encuentro ginecocrático suma un éxito más a la lista de satisfacciones que venimos recolectando desde unos meses acá en el Club de lectura dramática del grupo de teatro Sol y Sombra.

Las acertadas e ilustrativas ponencias de Esther Terrón (Profesora de la Escuela de Actores de Canarias) y de José Ramón Sampayo (Profesor del I.E.S. Tegueste) sirvieron de chupinazo para un acto que no hacía más que comenzar, y fueron esclarecedoras para entender la vida y la obra de uno de los hombres más importantes de la historia de la literatura española, europea y mundial del siglo XX. Esther y José Ramón supieron acercarnos a las circunstancias vitales del poeta, pero también a su maduración técnica, a su proceso creativo, a su despliege imaginario y a su infinita y jubilosa sensibilidad. Ambos profesores supieron adjudicarle exactamente el valor histórico, literario, semiótico y humano de la obra que estaba por llegar y que se escondía en las voces de las actrices allí presentes.

Unas invitadas y otras miembros de Sol y Sombra, la actrices que anoche pusieron voces a la casa de las Alba, nos regalaron la alegría y la desgracia que el poeta supo aunar siempre en sus dramas. Carmen Cabeza le puso voz a una Poncia sumisa y animal. Nos regaló a quienes la escuchábamos el placer de entender un personaje intenso, maldito acaso. Irene Álvarez quiso -for sentimental reasons- interpretar a Adela, la hija rebelde, la soñadora, la fiel reproducción del pensamiento lorquiano. Lioba Herrera jugó a ser Amelia, con aquella actitud sumisa y obediente, con aquel peso de tradición ancestral sobre los hombros. Griselda Laíño, en el papel de Magdalena, puso el acento tragicómico de una hija tierna y obediente. Secretamente pícara. Las cuatro invitadas vienen del teatro y huelen a teatro. Cuatro invitadas de lujo que quisieron acompañarnos en el ritual literario de anoche, imprimiendo en sus personajes todo su talento y su experiencia.

El resto de personajes fue tarea nuestra, del grupo. Elvira Tricás, como no podía ser menos, hizo de Bernarda Alba, con su voz impetuosa, con su manera sencilla y clara. Se dejó llevar por el torrente de tragedia que acuña la obra y supo ayudarnos a ver la grandeza de Lorca. A Palmira Díaz, por algún extraño prodigio, se le fue llenando el cabello de flores a medida que leía el papel de María Josefa, la abuela de la casa, la loca. Nos sorpendió su ternura, su delicadeza, su feminidad poética. Isabel Albuger supo darle a Angustias la amargura de la hija mayor, con su esquelético espíritu, con su flaca esperanza. Teresa Rosquete hizo de Martirio, de hija sumisa pero soñadora, de mujer envenenada por el miedo y la tristeza, con ese huequito mínimo de luz que le dio Lorca para cobrar sentido. Mar Gutiérrez visitó la casa de Bernarda como Prudencia, la vecina anquilosada en las costumbres ancestrales del pueblo. Mari Carmen Ravelo leyó a la imponente Mujer primera, y Cecilia Tricás supo defender a la Criada con uñas y dientes, y luego el resto de oyentes dieron voces a las otras tantas mujeres de la obra.

Los símbolos, la cultura española, el aire de desgracia, la sombra del silencio, la ternura lorquiana, la alegría andaluza, el miedo, la muerte, la ausencia omnipresente de los hombres, los pozos y no los ríos, el olor a sexo, las blancas paredes, los volantes y los ajuares llenos de polvo, los anillos dormidos, las almohadas húmedas de lágrimas y de deseo y el castigo de ser mujer. Todo esto aconteció anoche en Icod con Federico, con Esther, con José Ramón, con Carmen, con Lioba, con Irene, con Grisleda, con Elvira, con Mar, con Palmira, con Mari Carmen, con Isabel, con Teresa, con Cecilia y con todos los amigos y compañeros que quisieron acercarse hasta el magnífico ex-convento de san Francisco. A todos ellos le debemos el placer de mantener candente la cultura, de no regalar a la historia nuestro olvido, de luchar por ser hombres sensibles y bellos.

Y a ti, Federico, te debemos -todas las mujeres y todos los hombres de la tierra- tu grandiosa capacidad de hacer eterna la poesía. Gracias por llegarnos anoche tan intensamente; por herirnos de hermosura.