lunes, 30 de mayo de 2011

De peces y hombres.

Como cada último jueves de mes, el Club de lectura dramática Sol y Sombra organizó su encuentro de mayo en el Ex-convento de San Francisco, de Icod de los Vinos: nada más y nada menos que un texto de la actualísima Angélica Liddell, que se intitula "Y los peces salieron a combatir contra los hombres". Escogimos el texto por su rabiosa actualidad, por su manera singularísima de afrontar el hecho dramático desde una escritura que mucho tiene de mesiánico y de salmódico. Nos interesó sobre todo esa fuerza inherente que tiene la palabra "liddellesca" para convertirse en férrea denuncia y en cruel blasfemia.
"Y los peces salieron a combatir contra los hombres" es, sin duda alguna, una declaración de principios que se impone furiosa ante las injusticias que provoca la división ecuatorial del primer mundo y el tercero, la discriminación de los negros y los blancos, de los países del norte y los del sur, la desgraciada situación de los inmigrantes ilegales en las costas de España, y en definitiva, la distinción de las clases sociales y raciales que prospera cada vez con mayor ahínco en nuestra enfermiza mentalidad europea. Todo esto, desde un lenguaje irónico de innegable provocación y mediante una estructura formal del texto que implica la aparición de dos personajes (tres, en realidad, a juzgar por la omnipresencia del silencioso Señor Puta, alter ego del poder, la corrupción, las corporaciones y la profesionalización de la política) que se debaten a un tiempo en el seno intelectual de la protagonista, pues se trata de un monólogo con doble personalidad. Por un lado, con el personaje de Angélica, la autora incluye su propio pensamiento y manifiesta su constante inquietud al considerar la responsabilidad que le confiere el proceso dramatúrgico; por otro lado, La Puta representa el pensamiento cotidiano de los primermundistas, lleno de miedo, de prejuicios, de sorprendente estupidez. Liddell, en su característica línea de violencia escénica y dramática, construye por tanto un manifiesto de hondísima humanidad en el que parece reclamar un humanismo perdido; siempre, eso sí, alejada de los dogmas y los maniqueísmos propios de quienes escriben un tipo de teatro social que pretende señalar a los buenos y los malos con una dialéctica infantil. El rigor con el que Liddell trabaja el fondo ético de sus piezas es lo que engrandece y agrava, al mismo tiempo, la complejidad de su dramaturgia.

Si a la magnitud de un texto como "Y los peces..." le sumamos la estimadísima participación en nuestro club de la profesora de dramaturgia de la Escuela de Actores de Canarias, Isabel Delgado, dramaturga, especialista en este tipo de teatro "raro" y malcomprendido, que tuvo a bien aceptar nuestra invitación para situar a la autora y al texto en el contexto históricosociocultural en el que se inscribe, entonces podrán comprender que la cita no pudo ser más amena ni entrañable. Isabel supo hacer de lo más "apetitosa" una exposición de viente minutos en las que repasó nada más y nada menos que los principios éticos y éstéticos del teatro postdramático, así como la producción tanto dramatúrgica como escénica de Liddell, y la detallada estructuración interna de la obra en sí, con la naturalidad de una colega que viene a contarnos cómo prepara el gazpacho. Esa cercanía de su discurso nos permitió a los pocos asistentes que allí estábamos (a los que agradezco su asitencia y su interés)  apreciar la posterior lectura del texto, que correría a cargo de mi compañera Mar Gutiérrez y de un servidor.

Esperamos ansiosos la próxima edición de nuestro Club de Lectura dramática para la que ya estamos buscando textos. Apunta por ahora un ganador: Las bicicletas son para el verano, de Fernán Gómez, no sólo por variar temporalmente en el proceso dramatúrgico, sino por insistir en un tipo de lectura que esté al corriente de los tiempos actuales, donde la crítica, el debate, la furia, el entusiasmo y el recuerdo estén al servicio de las líneas de pensamiento independientes y críticas que han hecho despertar a España de un largo sueño oprimido.

Y a tí, Isabel, mil gracias por apoyar el arte dramático, allá donde se encuentre.
El norte te espera siempre que quieras volver.




viernes, 6 de mayo de 2011

Al calor de una estufa llamada Descartes.

Supongo que les importará un pepino lo que leo o dejo de leer, pero sin ánimo de resultar petulante (prometí que este blog iría sobre libros, arte, política y otras mentirijillas) quiero compartir con ustedes la satisfacción que me produce haberme devorado una milhoja de René Descartes, su Discurso del método, del que tanto oí hablar en mis años de instituto y al que siempre temí no entender con la suficiente capacidad e inteligencia que requieren los clásicos de la hermosa filosofía. Nada más lejos. Ya me había sucedido lo mismo con Borges años atrás, aquel Jorge Luis Borges del que yo oía hablar en boca de intelectuales y grandes lectores amigos míos, y del que yo pensaba no entender ni papa. Desde que un día me decidiera a tantear sus obras literarias nunca más lo abandoné. Tengo la suerte además de no haberme leído toda su obra completa aunque la tenga, cosa de guardarme alguna sorpresa literaria para los años que me restan.

Pues lo mismo me sucedió con Descartes, al menos con ese Discurso que tanto he saboreado, y del que tanto he aprendido, dejando a un lado partes como la anatomía o el sistema solar, de los que admito desconocerlo todo, hasta el punto de no saber cuánto más se ha avanzado en esas materias a lo largo de la historia científica. Sí, lo siento.

Estas dos noches que estuve ensimismado en la lectura (el texto apenas supera las cien páginas) yo me encontraba como arrinconado a una estufa, tal y como cuenta Descartes que estuvo durante sus años de estudio para elaborar su método. Allí encontré un calor estupendo de inteligencia, de prosa deslumbrante, de brillante sentido intelectual. Me maravilló la manera en que el filósofo duda de todo (bueno, menos de la existencia de Dios, a quien se empeña en demostrar ¡científicamente!) y la capacidad de ordenar el pensamiento para construir un modo -un camino- de acercarse a la verdad científica.

Pienso luego existo... Tomar conciencia de que el pensamiento es la causa misma de ser, al menos de ser consciente. Y de este modo, llegar a la conclusión de que si pienso existo, pero si no tuviera la posiblidad de pensar... ¡no existiría! ¿No les parece absolutamente moderno lo que cuenta Descartes? ¿No estamos viviendo precisamente en un tiempo en el que pretenden que no pensemos? ¿Y acaso es verdad que si no pensamos no somos individuos, sociedad, estado, continente, planeta? ¿Les estamos regalando nuestra existencia a quienes ya se encargan de pensar por nosotros?

Creo que necesito una cerveza.

jueves, 7 de abril de 2011

Un humor de pajaritas: Les Luthiers.

Anoche fui invitado por mi amiga Nazaret Yanes a presenciar el último espectáculo de Les Luthiers en el Auditorio de Santa Cruz de Tenerife y, como comprenderán, no dudé ni un momento en acompañarla. Los argentinos subieron a escena Los premios Mastropiero, espectáculo que sedujo a todos los asistentes que allí estábamos por su habitual manera de jugar con el lenguaje, por su destreza musical, por su escuetísima puesta en escena y por ese humor de gigantes proporciones que ha acabado por volverse un arma peligrosa contra poderes e imperios. También por la mala leche del espectáculo, que consiste en regalarse premios por su trayectoria artística, recordando viejos números del grupo, y al mismo tiempo, poniendo a parir la corrupción oficialista y oportunista de los premios culturales, los reconocimientos previamente pagados y la corrupción incesante de los jurados que deciden los galardones. Todo un espectáculo, sin duda.

Allí estaban aquellos cinco dioses del humor embutidos en sus eternos esmoquins blanquinegros, ahorcados durante casi dos horas por crueles pajaritas, y llevando y trayendo a escena todo tipo de aparatos deslumbrantes, artilugios de museo, instrumentos imposibles aparentemente ridículos pero de hermosas sonoridades y timbres inauditos. Me recordaban por sus acciones y sus pintas a los hombrecitos amargados y simpáticos que Quino dibujara tantas veces en su vida.

Junto a tanta mecánica de laboratorio sonoro, se destacaba un ingenio prodigioso y una voluntad suprema del lenguaje: las metáforas, los juegos de palabras, los dobles sentidos, las repeticiones, las intertextualidades, las dislexias y las hipérboles eran algunos de los ingredientes fundamentales de aquel festín. Del resto, preciosismo escénico y diálogos perfectamente construidos, mediante unos personajes tan diversos como coloristas, pero siempre (sorprendentemente) en una inexplicable línea de elegancia y talento, raramente común por estas tierras, donde la grosería insulsa ha acabado por implantarse como síntoma de la risa. Descubrí también un compromiso ideológico mucho más hondo que en otras ocasiones, por ejemplo cuando los fui a ver, también aquí en la isla, hace ya algunos años, con otro de sus grandes espectáculos, Bromato de armonio. Ahora me parecían más ácidos que nunca, arremetiendo sin miedo contra temas de verdadera importancia como el FMI, la CIA, el soborno empresarial, la lucha de clases, etc. No sé por qué razón me dio por pensar -y espero no llevarme a engaño- que la revolución que se está dando desde hace ya unos años en América Latina ha tenido que ver en esta actitud de Les Luthiers.

Mientras Nazaret y yo veíamos el espectáculo -admirados de tanto ingenio musical y literario- recordé especialmente -siempre me sucede- a mi padre, que fue quien me regaló el derecho a escucharlos gracias a su colección de compacdises. Y es que sus carátulas mostraban una maraña de aparatos industriales y en su interior se desplegaba el listado de títulos de las canciones: La gallina dijo eureka, Miss Lilly Higgins Sings Shimmy In Mississippi´s Spring, o Chacarera del ácido lisérgico. Como comprenderán, mi aturdimiento no era para menos.

Anoche seguía aturdido por más razones que en aquellos años que empecé a escucharlos. Y como yo, el incontable patio de butacas que se levantó para ovacionar a los artistas. Los aplausos del final amenazaban con echar por tiera el gigante techo del auditorio, y los cinco granujas agradecieron con su característica simpatía. Al verlos marcharse, le comenté a una deslumbrada Nazaret: "Tengo la sensación de que los estoy viendo por última vez". Ahora que escribo estas líneas espero, de todo corazón, equivocarme.

jueves, 10 de marzo de 2011

Sara Molina, una mujer de teatro.


Entrevista realizada por Isabel Delgado y César Yanes.

Dedicada de lleno a la investigación de las artes escénicas, en constante descubrimiento de nuevos lenguajes teatrales desde hace casi treinta años, la dramaturga Sara Molina (Jaén, 1958) visitó nuestro Taller Permanente de Dramaturgia a principios de diciembre de 2010. No era la primera vez que aterrizaba en Tenerife, pero esta vez vino para impartir un curso de narratología dramática y para ‒de paso‒ saldar una deuda con la isla: una piedra del Teide que tomó prestada años atrás y que tuvo a bien devolvernos. Por despiste, la piedra quedó en Granada, donde nuestra colega vive en la actualidad como profesora de la Universidad y directora de varias compañías de teatro, pero ella no dudó en venirse y compartir con nosotros unas intensas jornadas teatrales donde pudimos conocerla un poco más. Aprovechando que estaba entre nosotros, le formulamos una serie de preguntas para indagar en su carrera, sus recuerdos y su amor por el trabajo. Así es Sara Molina y así ha querido ella que la conociésemos.

I.D.: Sara, sabemos que el proceso histórico del teatro desde hace treinta años hasta la actualidad merece ser analizado con lupa para descubrir las evoluciones, los cambios o las transformaciones que han propiciado un avance en todo tipo de materia escénica. Respecto a ti, ¿cómo has presenciado ese cambio de la escena teatral desde aquellos años en que comenzaste hasta la actualidad?

S.M.: Es muy difícil hablar de esto. Son cerca de treinta años y es algo muy diferente lo que ha pasado en el sur desde entonces respecto de Cataluña, Madrid o el resto del territorio escénico. Pero bueno, abriendo el plano y diciendo generalidades respecto del “estado de las cosas” podría decir que sí, que claro que los cambios efectivamente han sido muchos, paralelos a los sociales, políticos, de comportamiento del espectador ante las propuestas, ante los medios de expresión, ante la angustia de existir tan abordada por la contemporaneidad. Algunos de estos cambios han constituido un avance y en otros aspectos, después de una especie de situación de evolución, ha venido el proceso contrario, retroceso o involución; y hemos vuelto a lo mismo, o aún peor: una situación que podría llamar una especie de “fantasía de la repetición”. Una especie de situación en la que se da lo mismo pero no lo igual. Esto con respecto al espacio contemporáneo, experimental o de investigación, por ejemplo. Aquí ahora hay una generación de 20, 30 años muy conservadora. En ese terreno pareciera que siempre partimos de cero.
Pareció en un momento que ciertos temas estaban zanjados respecto de la autoría, del texto dramático literario y la escritura escénica, de la diversificación de los espacio de representación, intertextualidad, multidisciplinareidad, etc. Parecía que la porosidad de lo escénico respecto de la filosofía y el pensamiento deconstructivo, el desarrollo en música, pintura, artes visuales y tecnología hacían posible que ciertas cuestiones ya no se pudieran volver a plantear de una cierta manera, no se pusieran en cuestión de esa manera, al menos no ya más desde ciertos lugares reaccionarios como por ejemplo la insistente búsqueda de la supremacía del texto escrito sobre la representación. Parecía que los amantes de la muerte y el dogmatismo estaban definitivamente “contestados”. Pero ‒como ya digo‒ también parece que cada nuevo tramo generacional debiera hacer de nuevo todo el recorrido o que efectivamente la comunidad artística se fragmenta en grupos que continúan sin mezclarse, sin entenderse ni atenderse por las vías abiertas por sus predecesores, ejecutando su propia evolución exclusiva, así cada quien por su cuenta. Hoy en pintura y en otras artes es incuestionable cierto tipo de expresión, pero en escena se sigue diciendo “no, eso no es teatro… y esto sí lo es”. Es cierto que el avance en instalaciones, reconocimiento de la profesión, en su inclusión en la vida social ahora como opción profesional es obvia pero no siempre de una manera interesante.
También el avance tecnológico creó un tipo de expectativas expresivas; pero no es suficiente, sino todo lo contrario. A veces es peor, ya que crea una relación con el capital directa e inalterable, con propuestas que sólo buscan el reconocimiento en una sociedad de consumo y pierde todo poder transformador de los que participan en el proceso y menos aún en los “otros”, y así el teatro es ‒como el resto‒ pura mercancía.

I.D.: ¿En qué aspectos se ha avanzado desde entonces?

S.M.: Repito que por lo que yo he vivido el avance está claro respecto de las instalaciones, espacios de exhibición, medios, formas de dar cuenta, noticia de lo que se hace…En mis comienzos y aún en los 90 hacíamos teatro cuando era imposible grabar una función. Hacer fotos costaba una pasta; la imprenta se llevaba un pico del presupuesto y bueno, claro que no había móviles, por supuesto… y salir de gira y no saber cuándo o cómo llegarían los de la furgoneta añadía no pocos problemas a la distribución y al montaje y al acabado en sala de las piezas antes de su exhibición. Muchas, muchas cuestiones que hoy suenan o ya son anecdóticas han cambiado parece que para mejor. En cualquier caso producen otros efectos… Y ni te cuento de usar medios audiovisuales en escena, ¡era impensable! Aunque después puedes ver que eso es útil sólo cuando demuestra que lo es ¿me explico? Nada vale nada por sí mismo en arte escénico: es el uso que se le da y a veces incluso la resistencia o la negación a usar eso lo que cuenta, y no sólo, no por obstinación, sino para contar algo con esa renuncia que cobra un sentido de relación entre la vida y el arte… y más aún por ejemplo el tema de reciclado. Este asunto va calando en la concepción de cómo se plantean las escenografías. Y luego están los aspectos de formación, (o de deformación como los queramos llamar). Hay más lugares a los que poder dirigir las expectativas que entonces pero… ¿a qué entonces me refiero? Los 80, los 90, principios del 2000… porque cualquiera me puede contestar que no es para tanto y confeccionar un grafico rápido de lo poco que se ha avanzado en este sentido y lo mal. Pero bueno, cuando yo regreso ahora a Tenerife y veo vuestra escuela me parece genial, el asunto es lo que no ha cambiado. Ver eso, admitirlo y tener voluntad de colaboración para hacer algo. Ver qué es lo que tal vez la escuela y sus magnificas instalaciones no posibilita…
De todas formas me pregunto ¿qué es avanzar? Y más aún que es eso ¿sin objetivo? ¿Qué sería avanzar? No me es tan emocionante ni interesante la idea de avanzar…Se nos ha pegado eso de avanzar y no encontramos otra forma de hablar de lo que pasa más que en términos de un cierto tipo de manera de progreso que (ya está demostrado) no lleva a ninguna parte. Dios, el planeta es redondo y avanzar es volver al mismo lugar salvo que deambulemos y utilicemos los recorridos erráticos o nos esperen en un punto de partida. Claro, está la galaxia, sí es cierto… por ahí tal vez se pueda avanzar… progresar…
Parecemos sólo interesados en ser mejores que lo anterior, ya no se trata de cuestionar lo anterior, recibirlo como herencia, reestructurarlo en relación a nuestro presente. Sólo hay obsesión por ser mejor, mejor… y tal vez en ciertas cosas ya fueron mejores que nosotros “vanguardias de los 50 por ejemplo”, esos clásicos Kantor, Lorca y su teatro imposible… Se trata de cómo vivimos lo que nos toca vivir junto con esa herencia…

I.D.: Una vida dedicada de lleno a las artes escénicas merece hablar de muchas cosas. Seguro que guardas gratos recuerdos de muchos compañeros o profesores que han sido cruciales en tu formación. ¿Con quién has trabajado a lo largo de tu carrera?

S.M.: Con mucha gente, claro. No doy nombres porque dejar fuera a este o aquel me fastidia. Me formé de una manera ecléctica. No fui a escuela y tomaba cursos, seminarios, talleres, clases por todas partes: de voz, de danza, de dramaturgia, de interpretación… He trabajado con mucha gente y he aprendido de ellos y del entorno de esos encuentros; de otros que, como yo, estaban entonces en posición de alumnos y que ahora son actores o actrices o directores. Aprendía de sus comentarios y sus críticas a lo que nos enseñaban y de lo que me contaban que ellos querían hacer, no hay que desatender a nuestros compañeros y quedarnos enajenados con la presencia de las “figuras”… a nuestro lado puede haber alguien genial de quien aprender. Pero bueno, pienso que siempre he tenido una gran disposición para el aprendizaje que me ha permitido admitir muchas cosas desde muy joven, ser muy aventurera intelectualmente hablando.

I.D.: Háblanos de personas que hayan influido en tu manera de entender el proceso dramático.

S.M.: Por supuesto los de rango superior dejan huella: Boadella, para saber lo que no quería hacer; Panadero y Szubick, miembros de la compañía de Pina Bausch, mucho durante un tiempo y después, pasados los años, fueron muy útiles para aprender a luchar, a salir del poder alienante de las fascinación. Hay gente a la que admiras tanto y te influye tanto que te puede asfixiar. He luchado por encontrar mi propio camino y a la vez ser respetuosa y reconocer lo que he recibido de otros. Casi todo. Pero también hay gente más discreta, sin mucho éxito, poco conocida fuera del medio profesional de los que ahora daría nombre y no tendríais ni idea; personas que con su forma de estar, de dar clases, de tomar una cerveza después de las clases me han enseñado más que con técnicas, etc. He aprendido de los espectadores, de cualquiera en la posición de espectador escuchando lo que decían de mis trabajos o de otros. Me ha influenciado mucho la literatura, la teoría estética, el psicoanálisis, Kantor, Bacon (aunque era pintor), Adorno, Lacan… Gente que por fuera de lo escénico me ha dado una manera de pensar lo escénico particular.

C.Y.: Sara, ¿eres una actriz que escribe o una dramaturga que actúa?

S.M.: Soy una actriz que no actúa, una escritora que no publica, y una autora y directora de teatro que ejerce y vive de su profesión hace ya más de treinta años.

C.Y.: ¿Qué importancia te merece la provocación en el arte?

S.M.: No me interesa demasiado como actividad en sí misma; soy una persona amable a la que no le gusta molestar ni hacer creer a nadie que sé más o soy mejor. Mi provocación en todo caso es del orden de una interpelación de tipo intelectual, de pensamiento y que parece decir: «Usted sabe tanto como yo, usted siente tanto como yo, usted a nada que se esfuerce sabe de lo que pasa porque lo sufre también, así que ¿a qué estamos esperando para hacer algo? Primero cada quien consigo mismo y luego, cuando se pueda, juntos» Yo creo que eso es suficientemente provocador y que al espectador no pasa nada si se le trata bien…al revés hoy por hoy es más conmovedor, pienso.

C.Y.: ¿Cuál es el mecanismo del que te vales para la construcción de una nueva pieza teatral?

S.M.: La libre asociación de ideas, mis lecturas del momento, un equipo humano concreto con el que fantaseo. Comienzo anotando en un cuaderno pensamientos, citas, reflexiones, ideas sueltas, imágenes… A veces tienen un título desde un principio o aparece o varía después. En general puedo tener más de un cuaderno o archivo y según qué idea me surge tengo claro dónde debo colocarla. Luego me valgo, claro está, de mi propia existencia, que no es precisamente un mecanismo y que es lo que activa la cosa, el momento concreto en el que estoy y cómo eso se mezcla, entreteje, superpone, se doblega o se impone al equipo con el que voy a trabajar… que va haciendo el resto… siempre es una aventura… Ahora me gusta mucho que grupos concretos me inviten y asumir su particularidad y ver cómo eso se mezcla con mis propias inquietudes y qué es lo que sale de esa relación. Bueno, es un poco como navegar: te vales de ciertos conocimientos o más bien experiencia previa espacial, técnica, de las relaciones humanas pero cuando te pones a ello el aquí y el ahora es como el mar… tiene su propia vida y hay que adaptarse…

C.Y.: Durante el curso que hemos realizado contigo, hemos podido ver algunos de tus trabajos gracias a filmaciones y reproducciones audiovisuales, y en muchos de ellos yo he presenciado un cierto aire de humor, de hilaridad. ¿Qué lugar ocupa actualmente la risa en tu trabajo?

S.M.: Durante una época fue muy importante: era raro que hiciera un montaje sin humor, un cierto tipo de “humor” y algo que se confunde con el humor y que yo llamo “alegría”; pero luego fue desapareciendo y las piezas empezaron a ser muy serias… graves… Ahora vuelve aparecer de una manera amable, para suavizar. No es una risa ácida, critica ni hiriente, no es excesivamente irónica , es un juego más del lenguaje, de la mirada, es como una melancolía, incluso; un humor poético, podría decir… Es como una manera momentánea, fugaz, de construir un nosotros…

C.Y.: ¿Hay una línea poética inalterable en tu manera de hacer?

S.M.: No creo que pueda encontrarme respecto de este asunto a gusto con la palabra inalterable… Tampoco con la idea de la línea; preferiría hablar de círculos concéntricos que se expanden o se cierran sobre sí mismos hasta llegar a convertirse en un punto saturado y rodeado por un vacío. Prefiero hablar de una banda de Moebius en la que transito del fuera al dentro sin poder saltar al vacío, a la oscuridad en la que creo que existe algo que me espera… que aún me aguarda… tal vez una frase sólo mía, una palabra mía en la que por fin diga algo… Por supuesto que hay una poética… uso siempre el tema de la imposibilidad que hay en el lenguaje para la expresión completa cerrada de lo que queremos decir y eso es la poesía, ese decir imposible…

C.Y.: Muchos lenguajes de innovación escénica han surgido como resultado de una concepción política del hecho teatral. Pienso en casos como el Living Theatre, Erwin Piscator, cierto teatro de Brecht, etc. ¿Crees en la politización del teatro?

S.M.: El diccionario dice de la expresión “política” que es el arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados. Que es la actividad de quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. La actividad del ciudadano cuando interviene en los asuntos públicos con su opinión, con su voto o de cualquier otro modo. En este sentido no hago mucho, pero si se trata de tomar la cosa, por ejemplo, como la plantea Anna Harent, que dice más o menos que la forma más política de proceder es ponerse en el lugar del otro, entonces mi trabajo es súper político. Pero vamos, que no es un asunto de proyección, sino de inducción. Desde el teatro siempre surge, emana algo que es político si es que se trata de verdadero teatro y no de mercancía. Siempre se construye un “nosotros” y eso es política. Siempre se trata de ideas que hacen pensar la posibilidad de reflexionar de otro y esto es tener en cuenta cómo piensa otro… Siempre surge otro modo de vivir, otro modo de construir lo real desde una verdad que emana de la escena, cuando es Teatro, un acontecimiento de pensamiento, insisto. Siempre se piensa con el otro que ha venido como invitado a participar del acontecimiento… Es un momento en el que lo real y lo verdadero aspiran a encontrarse, y eso siempre es político.

C.Y: ¿Crees que el teatro debe seguir existiendo? ¿Por qué?

S.M.: No es un deber, no me lo puedo plantear en términos de deber. En pleno S. XXI es una situación dada que sobrevive por cuenta propia como mercancía de intercambio. Es una especie de existencia del ocio más o menos elegante; se va al teatro como para hacer algo de rango superior. Al cine vas a entretenerte, a pasar el rato, a divertirte, y eso es genial, pero al teatro se va como con una posición de “boato” o de sacrificio que no le sienta muy bien pero que tampoco está mal del todo. Es cierto que se puede vivir sin teatro y que hay sociedades, culturas que no poseen teatro; y es cierto que hay un cierto tipo de teatro que a veces desaparece por completo y sólo hay representación y espectáculo –mercancía. Pero en el teatro se da una circunstancia de presentificación, de tiempo real simultáneo al escénico que no está en ninguna otra expresión artística, así colectiva. Eso no se puede perder porque ahí se mueven las ideas de otra manera y si ahí de verdad conseguimos que pase algo, eso afecta a la vida de los que lo comparten de una forma particular arcaica y yo diría que ahora ya cuasi mítica…

I.D.: Parece ser que estás preparando en la actualidad un libro con tus piezas dramáticas. ¿Cómo lo llevas? ¿Para cuándo saldrá a la luz? ¿Qué pretendes con él?

S.M.: Surgió de la necesidad de dar cuenta por escrito de ciertos trabajos escénicos, de escritura escénica que por ser piezas de este carácter y por el hecho de ser el teatro arte efímero por excelencia, se habían perdido por completo después de su “haber tenido lugar”. Y ahora con su reescritura (o más bien con la transcripción que hago en el libro y que da lugar a un nuevo texto) quedan fijadas de alguna manera para que se puedan ofrecer a los que ya nunca verán esos trabajos. En su día se hicieron directamente sobre la escena y de este modo me obligaba ahora a crear de nuevo mediante procesos del lenguaje una manera de narrar lo que sucedió que de alguna manera es una reinvención… Una tarea imposible pero una tarea… También incluyo piezas inéditas que no llegué a montar nunca. Creo que es fruto de un cierto momento “cronológico” una necesidad fruto de la madurez y de cerrar y pasar a otra cosa.

I.D.: ¿Cómo definirías tu experiencia con el grupo de dramaturgia de La Laguna, y el curso que realizaste con nosotros a principios de diciembre de 2010?

S.M.: Como muchas otras veces creo que son experiencias de aprendizaje más para mí que para los que acuden a conocerme, a saber de mí, porque a duras penas logro “exponerme”; aunque en esta ocasión, por la diversidad y juventud del grupo, lo intenté de manera intensa. Intenté poner en cuestión “las palabras” que se iban a utilizar: autor, texto, influencia, búsqueda para a partir de ahí hacer algo. No se trataba de reinventarlas sino de extraer el significado particular de ciertas palabras para cada quien de los que nos dábamos cita en ese momento ahí en La Laguna. Y el grupo me siguió como pudo, pero abandoné de golpe este asunto, y ya casi en la segunda sesión se convirtió en un taller de interpretación. Un poco más de lo mismo para algunos alumnos; en otros parece que hubo algo intenso, eso es muy valioso, es un regalo del azar. Creo que intenté una especie de shock pero luego se diluyó. Me quedé frustrada. Definiría la experiencia como… eso, desconcertante. Estaba maravillada con la escuela, con mi regreso a la isla después de muchos años y los cambios a los que me había preparado pero que me superaron. Me impactó la Laguna tan hermosa, discreta y viva; una ciudad que crea ansias de hacer. Y el carácter reposado del isleño… Otra forma de habitar el tiempo a la que hay que cogerle el pulso… Me devoró los días…
Lo definiría tristemente así como “frustrante” y, en el mejor de los casos, sólo desconcertante. Debo volver e intentarlo de nuevo.

I.D.: Y una última -malintencionada- ¿por qué no te entiendes con los canarios? ¿Por qué no te sientes cómoda?

S.M.: La isla construye un nosotros muy claro cuando se trata de la aparición del otro, de su llegada. A partir de ahí no es cómodo estar en ninguna parte. El grupo fue sincero conmigo y por eso también “arrogante”, “desafiante”, y eso es difícil de llevar. Hay una actitud de «a mí no me vas a convencer de nada» y algo de «¿Qué quieres tú de nosotros, eh?». Eso es muy isleño; la desconfianza… Lo volví a reconocer, a ver, palpar… El que sufre desconfianza sobre sí no está cómodo, se siente cuestionado. Hay un afuera y un dentro que hay que gestionar, un aquí y un allí específico de las islas diferente al de otros lugares, más radical, hermoso y salvaje que otros “aquí y allí”. Si voy a Córdoba hay un aquí y un allí también, pero nos sumergimos también en un “nosotros” y ese aquí y allí no es tan materico… Cuando nos hace falta para salir del paso, de una dificultad se usa ese nosotros y ya está. Algo que en la isla es más difícil; ese algo se vive de una forma particular, más que nada. En el terreno cultural está el que cree que viene de algo a un vacío y se equivoca. Es responsabilidad del canario demostrarle esa equivocación y lo hace, pero aún falta que lo haga construyendo su entidad creativa a base de memoria y de reconocimiento entre vosotros mismos. No es que no me entienda: es que entiendo demasiado pero no soy capaz en tan poco tiempo de demostrarlo y surge la frustración…Yo (me da vergüenza decirlo, que se tenga en cuenta) amo las islas. Las amé no sólo a través de su paisaje; las amé por su cultura, sus intelectuales, las palabras de sus autores y la pintura. La amé, a Tenerife, por ser la isla surrealista cuando llegué por primera vez y lo supe y pensé que yo estaba donde debía, allí, haciendo teatro en la isla surrealista y trepando los muros de la casa de Óscar Domínguez, y viajando por los Gigantes y bajando al sur y esperando a diario el momento en que el Teide se dejaba ver y…y…… puedo decir más… y más…y la gente cree que sabe algo de las Canarias, siempre se las imagina y cuando llega ahí se niega a verlas en lo real. Yo ya las veo siempre en lo real y las escucho y las conozco y las amo como a algo familiar… He conseguido crear un pensamiento que une mi imaginación que no renuncia a ella, con cierta realidad de las islas y siempre voy allí a aprender y no hay ni la más mínima falsedad en esto, siempre, de las personas y a veces más aún de los lugares. La isla es un texto. En Anaga le dije a Isabel que allí sentía la necesidad de callar porque tenía que escuchar ‒leer‒ lo que allí estaba escrito y estaba diciéndose… para todos… para mí en particular…

¿Incómoda? Claro, porque es un viaje que me cuestiona, que me interpela a un lugar que amo y necesito que me corresponda. Mucha tarea, chachos…

lunes, 28 de febrero de 2011

Retrato público. Fran, I.

Uno suele darse al placer de escribir cuando tiene la sensación de que lo que va decir es suficientemente interesante como para ser capaz de robarle dos o tres minutos de vida a alguien, sabiendo de antemano que lo que está escrito va a moverle alguna emoción, por mínima que ésta sea. Y por paradójico que resulte uno se cree que lo que escribe en sus blogs y sus páginas personales no tiene mayor trascendencia ni mejor virtud que la de permanecer para siempre en una esquina olvidada del infierno cibernético. Pero resulta que a veces, por cosas del diablo, se nos regala la felicidad de descubrir que alguien lee lo que escribes y esto es lo que me ha pasado esta noche cuando mi amigo Fran me ha dicho que seguía mi blog y a mí se me ha disparatado el ego, y me he estofado como un puding de merluza al horno, y casi me caigo al suelo de la emoción ridícula que me ha entrado. Y yo podría entender que esta alegría mía es propia de quien no tiene el hábito de escribir y que mi condición lactante de escritorcillo del tres al cuarto me impone cierto amateurismo a la hora de enfrentarme con mis fans. Pero quien conozca a Fran, quien de verdad haya ojeado el interior de su baobab, sabe que no es poca cosa que un tipo como él repare en mis líneas de cuando en cuando con el homérico esfuerzo que supone abrir una pestaña en el infinito mundo de internet para saber qué pienso yo del mundo, de modo que me van a permitir que, como agradecimiento a ese acto misericordioso, le dedique este artículo de hoy, con el que comienzo ahora una serie de retratos sobre los seres que me entornan y me ocupan. Por eso hoy me propongo  hablar de Francisco Ernesto y hacer una escueta prosopografía de su persona, teniendo en cuenta que me arriesgo a retratarlo con un carboncillo muy tímido, cosa de no caer en infundios ni exageraciones. Les digo, eso sí, que es un hombre cabal y que sabrá emparejar con alegría este patchwork amistoso. Sólo prometo ser fiel a mi verdad, al menos.
Lo primero que descubre uno al llegar a sus orillas es que hay algo de rigor en lo que habla. Un rigor que nada tiene que ver con la pedantería ni esas cosas estúpidas que padecemos los que escribimos, todo sea dicho. Es como un rosario de convicciones que carga consigo como seña de identidad, pero que siempre están dispuestas a modelarse, adaptarse y aplicarse a razón de lo que vaya viniendo. Y por si fuera poco, lo que dice no sólo lo defiende sino que lo envuelve de una alegría simpatiquísima, o a mí me lo parece y resulta luego que no tiene gracia ninguna. Las metáforas, los abstractos, los símiles y metonimias, la anáfora y el doble sentido de las palabras son tan comunes en su discurso que a veces uno olvida lo que está contando para estudiar la manera en que te está desplegando su opinión, como si fuera una cartografía antigua o un incunable del siglo XV. Me recuerda la manera en que los magos van creando ilusión de magia vieja.  
Por otro lado sus aficiones, sus ficciones: el dominio y el amor por la lengua y la literatura inglesas -con el alma repensada en dos idiomas-; la lealtad al ejercicio pequeño-burgués del tenis y las competiciones, maratones, jam sesions y medallas bañadas en oro de gloriosa juventud deportiva; su pasión por Madona, con todos sus discos expuestos en vitrinas luminosas, y agasajada con la misma devoción que  la diosa Vesta en los hogares latinos de la Antigüedad; sus libros apilados contra la pared, amurallando nuevamente los muros de su pisito alquilado; el orden de sus manos; los corazones zurcidos que le han venido dejando los años; su novalístico apetito de nocturnidad; sus historias prohibidas y la manera en que las cuenta y las sufre y, en definitiva, su conciencia de ser y existir.
Dejo aquí este primer retrato sencillo de un amigo que me ha abierto el pecho de alegría al confesarme que sigue mis artículos. Así que, como sé que lo leerás, querido Fran, y porque te lo había prometido, este es mi pequeño regalo por tu impagable caridad para con este pobre muchacho al que un día leíste.  

lunes, 17 de enero de 2011

Pedro García Cabrera: el canto que no acaba.

       Este próximo fin de semana, concretamente el viernes y el sábado a las 21h, el Paraninfo de la Universidad de La Laguna abre sus puertas para representar Proyecciones, de Pedro García Cabrera. Uno de los textos fundamentales de la dramaturgia canaria de todos los tiempos y una rara avis de la literatura dramática nacional, dado su carácter freudiano.

Subir a escena un texto como Proyecciones, es hoy más que nunca una necesidad. Y esto no tanto por su valor artístico como texto dramático (que también), sino –y sobre todo- por su fundamento ético y social en los tiempos de desaliento a que asistimos. Cuando allá por los años treinta del siglo pasado García Cabrera escribía esta, su única pieza dramática, parecía estar anunciando la tragedia bélica que algunos años más tarde acabaría por llegar a España y que amputaría la voz y la voluntad de innumerables artistas e intelectuales de las islas.

Proyecciones es un testimonio fiel de la angustia de aquellos años, de la lucha infatigable por defender una patria necesaria, de la vanguardia más sublime y modernamente europea, del triunfo de las teorías psicoanalíticas de Sigmund Freud, de la dignificación del proletariado y la politización del obrero y, en última instancia, de la construcción casi industrial del nuevo hombre que estaba naciendo por aquellos años.

Cuando en 2006 mis compañeros del grupo Sol y Sombra y yo asumimos el reto de estrenar por primera vez este texto que llevaba dormido casi ochenta años, sabíamos que se trataba de algo más que una representación exótica y curiosa sobre un texto olvidado. Hoy más que nunca el mensaje de García Cabrera cobra sentido para paliar la estupidez a que nos está llevando el ritmo mundial, para engrandecer el espíritu y el pensamiento humanos, y para justificar aquella frase sentenciosa con que se lanza uno de los personajes de la obra, afirmando severamente que «cada uno vive a la sombra de un sueño». El canto de García Cabrera parece no acabar nunca de denunciar una realidad que es siempre la misma repetida en infinidad de errores sistemáticos. Un canto que se alza a cada poco con más rabia y furor.

Este fin de semana, por tanto, será un festín para el teatro canario, pero también para la historia y la cultura de las islas, y por tanto, una fiesta autonómica de raíz intelectual y de innegable belleza poética. Quedan todos invitados a nuestras dos funciones en Aguere, en ese recinto magnífico que es el Paraninfo de la Universidad de La Laguna, con su techo futurista y simbólico, tan al tono de la pieza.

En nombre de Sol y Sombra y el mío propio esperamos que con su presencia el teatro se venga literalmente abajo. Porque así sea, «la esperanza me mantiene».



César Yanes.

Director escénico de Proyecciones.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Como si pasara un año.

Me levanto tarde, aletargado por la resaca de la noche anterior, con el sueño en los ojos y una amargura innoble en la garganta. Me arellano en la cama, me monto sobre las piernas el portátil y comienzo a escribir estas líneas con las que asesinar un año viejo. Me pongo a pensar en todos los pequeños prodigios de este dos mil diez que ya acaba, las tardes en que me aburrí y en las que fui enorme. De alguna manera me siento en el compromiso de recordar "aquellas pequeñas cosas" y aquellos nuevos seres que el año me puso en el camino.
Los días de últimos ensayos y primeras representacíones teatrales con mis compis Óscar Bacallado, Lioba Herrera y Sonsoles García, recorriendo los colegios e instituos de La Laguna con la guitarra al hombro, y la sensación impagable de saber que uno regala sin miedo su energía para hacer un poco menos duros los problemas de los otros, para arrancar una sonrisa al triste. Y luego el espectáculo de ratoncitos que construimos a golpes de entusiasmo y de diversión y que llevamos en Barraca por la isla. Y los viajes por el archipiélago, llevando isla por isla a aquel personaje de Javi que tanto me gusta y que me hizo conocer espacios como el Teatro Chico de La Palma, donde fui tan feliz como gigante.
Los macnamarianos días de Carnaval, nuevamente con Lioba, mi hermana, pero también con otros seres difuminados ahora en el curso de los meses. Mi encuentro con Adrián y Macri, a finales de febrero, donde nos dimos al placer de recordarnos y de retomar una conversación -y un cariño- que estaba pendiente y amenazada por el olvido. Con ellos comí flores de chupos como exquisiteces.
El club de lectura dramática que se ha venido organizando en Icod, gracias sobre todo a la inestimable aportación de mi amiga Elvira Tricás, y gracias por supuesto a toda la gente de teatro que ha tenido la bondad de venirse hasta el norte y compartir lo que sabe con nosotros, desde Delirium, Troysteatro, Teatro Negra, Burka Teatro, hasta Ruth Cabrera,  Elsa Mateu o Teatrejo.
Mi querido Juan Carlos León "Mosco" y mi hermosa Mar Gutiérrez, con su confianza y su ternura, con su talento y su paciencia. Un trío de sota, caballo y rey dispuesto para el mejor envite, con nuestro repertorio tan sublime de fines de semana. El espectáculo de trovadores y cantautores que hicimos, tomando de aquí y cogiendo de allá. Y el ¡Fun, fun, fun! esta vez con David Orán, compañero de faena, con quien tantos buenos ratos hemos pasado.
Mi encuentro con Montse y Mónica en Gran Canaria, escapado de una de las giras por la isla para dormir al menos una noche con ellas. Divinas, fantásticas, humanas y divertidas como siempre. Con ellas, tengo la sensación de estar siempre borracho sin estarlo. Extraño ánimo.
Mi grupo de teatro Sol y Sombra, y el viaje que allá por mayo nos hicimos a Gran Canaria para llevar una comedia del Amparo a Tejeda. Un viaje -como todos- alegre y distendido, novelero y auténtico. La posiblidad de contar con nuestro espacio propio como sede: el Matadero (justo detrás del Drago); lugar de ensayo y de emoción donde nos dimos al placer de retomar Proyecciones para el Festival de teatro Máscara, de nuestra cosecha. Mi primera conferencia de teatro ante un público que entendió mi denuncia perfectamente.
Mis rutas nocturnas con Jéssica, y nuestros paseos al Leal, a escuchar zarzuela. Y nuestras cenas y nuestros pitillos confidenciales a altas horas de la madrugada, mientras el humo asciende vertiginoso sobre los edificios más altos de San Benito.
La visita de mi siempre querido Jorge, a quien llevo en el alma como cicatriz.
El kiosco de Icod cada viernes, con sus melodías y sus palabras, con la gente necesaria para sentir la necesidad de contar un cuento extraño.
Los días verano con mi preciosísima amiga Elodie Gauchet y Greg. Días de vino y rosas, sin duda.
Mi pequeña Zarzuela para Los Silos, con chotis incluido, y Marsita siempre haciendo de las suyas con su genial encanto. Curioso trabajo que me hizo conocer el mundo de la zarzuela, y enamorarme de ella. hay quien aún me achaca que cante siempre el "No puede ser, esa mujer esa buena" de la Tabernera del Puerto, ¿verdad Lean? A tí también, que te conocí a finales de agosto y todavía nos aguantamos. jeje.
El Fesitval Máascara, en Octubre, con la exposición de trabajos fantásticos, y la voluntad de un público -el icodense- que parece volver a amar el teatro, como hace años. A todos los que participaron y asistieron, en esa comunión sagrada del que hace y el que observa, mis mas sinceras gracias. Las funciones de la compañía por los colegios del municipio haciendo un llamado a todos los niños y jóvenes para que se acerquen al teatro en aquellos días tibios no fueron del todo en vano.
Mi contacto con el grupo del Taller de dramaturgia permanente, y en especial a Isabel Delgado, que me volvió del revés como un calcetín, fue sincera y humana conmigo y ahora tengo la cabeza explotando. Pero también a todos los compañeros que allí he conocido: Mabel, Herika, Jorge, Adán, Eduardo, Elías, Micaela, Jose, Élida, Marina, Alicia, etc... y luego los que empezarons a formar parte de este movimiento cultural de espacios)abiertos(de libre creación, donde hay tan buenos artistas y mejores compañeros, y que parece seguir la máxima marxista de: ¡Artistas del mundo, uníos! Los cursos con Rogert Bernard, Sara Molina e Isabel, más o menos intensos, pero igual de importantes para la conformación de lo que somos hoy.
El rodaje de una publicidad que saldrá estos días con La fábrica de imagen, y con los compañeros que allí conocí: Olga, Pablo, etc... -me van a matar las demás-.

Y en general mis reuniones con encantadores políticos que nada saben, con gente del mundo de la música que dan asco, con los primos en los días de fiesta del pueblo, con hombres estupendos, con mujeres encantadoras, con profesores ilustres, y con detestables burgueses.

Mis padres -hermosos como dos estrellas-, mis abuelos -reconcentrados ahora en un espacio nuevo, tranquilo, mínimo-, mi hermana Patricia, tan noble y equivocada, y en general a todos los que quiero y los que no quiero. Que tengan un próximo feliz año como se merecen. Y a todos los que no he nombrado, que sepan que celebro que me quiera tanta gente que no pueda escribir de todos.

¡Un beso y feliz año 2011!